3. Otros conceptos fenomenológicos de la teoría

El «Concepto o estructura (1) del self» es, como decimos, una noción típicamente fenomenológica. No es otra cosa que una porción del campo fenoménico total del individuo, cuya importancia para la determinación de la conducta había quedado ya sólidamente establecida en 1947 (cfr. 39). La teoría de la personalidad toma muchos conceptos fenomenológicos, cuya génesis y desarrollo vamos a considerar ahora.

En los primeros escritos rogerianos no directivos hay alusiones a la reorganización del campo perceptual del cliente. Pero no puede decirse que estas alusiones aisladas constituyen una teoría original, sino que simplemente son modos diversos de explicar el fenómeno de «insight». Más importante es la atención prestada a los cambios en el propio modo de percibirse verificados durante la terapia. Vimos cómo las percepciones del cliente fueron poco a poco constituyendo un centro de interés grande para los terapeutas rogerianos. Por otra parte, a medida que se iba perfilando la técnica del reflejo y la empatía cobró más vigor, la acción del terapeuta centrado en el cliente se iba polarizando en la tarea de comprender, la cual resultaba un medio extraordinario para llegar a ver el mundo interior del cliente con sus propios ojos.

La atención al campo perceptual del cliente va a llevar a Rogers en 1947 a una concepción teórica de la personalidad típicamente fenomenológica, y, por otra parte, totalmente consistente con su método terapéutico. En dicho articulo (39) se establece la conexión causal entre la percepción y la conducta y se pone como meta de la teoría la «comprensión» del individuo. Tras afirmarse que el elemento crucial en la determinación de la conducta es el campo perceptual del individuo, se postula lo siguiente con respecto a la teoría. 

«En primer lugar, podría significar que, si el campo perceptual es el que determina la conducta, entonces el objeto de estudio primario para el psicólogo sería la persona y su mundo tal como son vistos por dicha persona. Podía significar que el marco interno de referencia de la persona podría constituir muy bien el campo de la psicología, idea defendida persuasivamente por Snygg y Combs… significaría que las leyes que gobiernan la conducta podrían descubrirse mucho más profundamente volviendo nuestra atención a las leyes que gobiernan la percepción» (39, pág. 362).

Estas palabras constituyen el arranque de una teoría de la personalidad eminentemente fenomenológica. Desde este momento, el mundo interno del cliente constituye uno de los puntos claros de la teoría.

El marco interno de referencia

Uno de los conceptos fenomenológicos más utilizados por la teoría de Rogers es el del «marco interno de referencia». Según testimonio suyo, llegó a él en virtud de una necesidad imperiosa.

«Aunque entonces no éramos claramente conscientes de ello, la necesidad de categorías fiables nos estaba obligando a utilizar el «marco interno de referencia», la percepción del cliente, como base de un enfoque científico. Teníamos que permanecer muy cerca de la percepción que el cliente tenía de su propia experiencia, ya que no éramos capaces de ponernos de acuerdo entre nosotros mismos en lo relativo a categorías cuando hacíamos inferencias partiendo de las afirmaciones del cliente. Así nos embarcamos en la búsqueda de las leyes que gobiernan el mundo privado de la percepción del cliente, y esto ha demostrado ser una exploración fructífera» (62, pág. 68).

En esto su coincidencia con la psicología fenomenológica, tal como es introducida en los Estados Unidos por Snygg y Combs, es sorprendente. Rogers conoció la obra de estos autores y probablemente tomó de ella muchos de sus conceptos fenomenológicos.

En concreto, estos autores son los primeros en propugnar en Estados Unidos la necesidad de adoptar un marco interno de referencia en psicología. Como dice Spiegelberg (474, pág. 146): «La primera defensa pública de una nueva psicología fenomenológica en América tuvo lugar en 1941 gracias a un artículo de Donald Snygg titulado "La necesidad de un sistema fenomenológico en psicología" (471). El cual fue seguido en 1949 por el texto conjunto de D. Snygg y Aithur W. Combs, "Conducta individual: un nuevo marco para la psicología" (472), en el que desarrollaron de modo más pleno el nuevo "enfoque fenomenológico", también llamado "enfoque personal"». Estos autores sostenían que el campo fenoménico del individuo era el principal determinante de la conducta, y proponían como tarea de la psicología fenomenológica la exploración de ese campo fenoménico. Como puede observarse, Rogers coincide plenamente con ellos. Veamos cómo explican estos autores su posición::

«Para tratar de los problemas de la conducta individual ha surgido muy recientemente el llamado enfoque "personal", "perceptual", o "fenomenológico". Este enfoque intenta comprender la conducta del individuo desde su propio punto de vista. Intenta observar a las personas, no como se presentan ante ojos extraños, sino como aparecen ante sí mismos. Las personas no actúan únicamente a causa de las fuerzas externas a las cuales se hallan expuestas. Su conducta es consecuencia de su modo de ver las cosas. Nos alejamos de un peligro cuando creemos en su presencia, y lo ignoramos cuando desconocemos ésta. En este marco de referencia, la conducta es considerada como un problema de percepción humana».

Rogers conoció el manuscrito de este libro, como nos consta por su artículo de 1947 (39, pág. 362), y por las numerosas ocasiones en que reconoce su deuda para con dichos autores. A través de ellos se pone en contacto con la fenomenología, como afirma Shlien (456, págs. 299-300), y gracias a ellos encuentra los constructos teóricos necesarios para explicar su terapia.

Como decíamos antes, uno de estos constructos es el del «marco interno de referencia». Sirve para caracterizar la tarea del terapeuta centrado en el cliente, el cual ha de «asumir el marco interno de referencia del cliente», y también la de la psicología en general, ya que «la única manera de comprender significativamente su conducta es captarla tal como ella misma la percibe» (54, pág. 419).

El punto de vista fenomenológico en psicología

De ahí que en 1951 Rogers proponga en su teoría de la personalidad la meta de la «comprensión» como tarea de la psicología. Al igual que el terapeuta ha de comprender empáticamente al cliente, la psicología ha de comprender el mundo privado de la persona. Su meta no es tanto la predicción y el control, cuanto la comprensión de la subjetividad. «El mejor punto de vista para comprender a la conducta es desde el propio marco de referencia del individuo», afirmará en la sexta proposición (54, pág 419).

Esto le coloca en inmediata oposición al conductismo, al cual critica desmesuradamente. Así como otras culturas resultan ininteligibles si no nos metemos dentro de ellas y las evaluamos sólo desde un punto de vista ajeno a ellas, «hacemos lo mismo en psicología cuando hablamos de "conducta de ensayo y error", "ilusiones", "conducta anormal" y otras cosas similares. No nos damos cuenta de que evaluamos a la persona desde nuestro propio marco de referencia, o desde uno muy general, pero que la única manera de comprender significativamente su conducta es captarla tal como ella misma la percibe… Cuando lo hacemos, las diversas conductas insensatas y extrañas se perciben como pauta de una actividad significativa e intencional. Luego, no hay nada semejante a una conducta de ensayo y error y al azar, o a una ilusión, excepto en tanto el individuo puede aplicar estos términos a su conducta pasada».

«En el presente, la conducta es siempre intencional y es una respuesta a la realidad tal como percibe» (54, págs. 419-420).

Tanto el punto de vista conductista, como el determinismo freudiano, son rechazados por su objetividad y extrínsecismo: «Una línea de desarrollo en psicología ha sido la de comprender, evaluar y predecir la conducta de la persona desde un marco de referencia externo. Este desarrollo no ha sido demasiado satisfactorio, en gran medida porque implica un alto grado de inferencia. La interpretación del significado de un segmento dado de conducta depende entonces de si las inferencias las realiza, por ejemplo, un discípulo de Clark Hall, o un continuador de Freud» (54, pág. 420).

La pretensión de alcanzar el mundo fenoménico del cliente en estado «puro» hace creer a Rogers en la validez del enfoque fenomenológico. Gracias a él, podrá verse en acción la personalidad tal como es. Pero tampoco se le ocultan sus dificultades: no es posible comprender empáticamente todas y cada una de las experiencias de la persona; la fenomenología se ve constreñida a comprender únicamente el campo fenoménico accesible a la conciencia del sujeto y no el inconsciente, y, por otro lado, depende del relato verbal, el cual lleva consigo el peligro de insinceridad y de distorsiones producidas por una comunicación defensiva y defectuosa.

Pero a pesar de ello es posible conocer gran parte del campo fenoménico del otro gracias a la observación y a la inferencia directa hecha a partir de sus comunicaciones. La afinidad de experiencias y sensaciones nos lo permite: «porque muchos de los objetos perceptuales —personalidad, padres, maestros empleadores, etc.—, tienen contrapartes en nuestro propio campo perceptual, y prácticamente todas las actitudes hacia esos objetos perceptuales han estado presentes en nuestro propio mundo de experiencias» (54, págs. 420-21).

Evidentemente esta toma de postura rogeriana con respecto a la psicología es exagerada y se presta a ser criticada por sus contrarios. La contraposición que hace entre el punto de vista extrínseco y el fenomenológico es artificial, y hasta cierto punto unilateral. Adoptar como único punto de vista para la psicología el mundo subjetivo de la persona corre el riesgo de la unilateralidad y comporta el peligro del subjetivismo. Es cierto que el conocimiento meramente objetivo, disociado de la empatía, corre el riesgo de objetivar al sujeto, como indica Rogers en 1959 (92, f pág. 211):

«Percibir únicamente desde el propio marco de referencia interno y subjetivo sin empatizar con la persona u objeto observado, es percibir desde un marco externo de referencia. La escuela del «organismo vacio» en psicología es un ejemplo de esto. Así el observador dice que un animal ha sido estimulado cuando el animal ha sido expuesto a una condición que, según el marco de referencia subjetivo del observador es un estímulo. No existe intento alguno por comprender empáticamente si es también un estímulo en el campo experiencial del animal. Igualmente el observador informa que el animal emite una respuesta cuando se da ese fenómeno, el cual desde el campo subjetivo del observador, aparece como una respuesta».

Este conocimiento objetivista, válido para los objetos del mundo físico, es insuficiente para comprender a la persona, sujeto de experiencias.

Pero asimismo es un error rechazar de plano este punto de vista extrínseco. Como veremos después, Rogers, aunque en su teoría adopta esta postura fenomenológica exagerada, en la práctica no rechaza de plano los métodos objetivos de investigación. Sus trabajos empíricos demuestran bien a las claras la necesidad de los métodos objetivos para poder conocer mejor el mundo subjetivo del cliente. De ahí que estas frases exageradas de Rogers, propias de su primera teoría de la personalidad, tengan que ser interpretadas en el contexto más amplío de toda su obra, la cual no rechaza en absoluto los métodos científicos. La protesta rogeriana va dirigida contra el olvido del conocimiento empático en psicología, no contra el conocimiento científico en cuanto tal. Pero de todos modos, hay que reconocer que sus exageraciones fenomenológicas son un hecho, y en cuanto tal son objeto de crítica.

Las consecuencias prácticas de esta toma de posición fenomenológica son, entre otras, el poco crédito que se otorga a otras vías de acceso a la persona que no sean las de la comunicación verbal consciente. A pesar de emplear en sus investigaciones las técnicas proyectivas, Rogers les da en 1951 un valor relativamente escaso debido a que se fundan en inferencias no siempre exactas. Frente a ellas la comunicación consciente del sujeto es mucho más eficaz, como lo confirma el trabajo de Kell (45) relativo al gran valor de la autocomprensión en la predicción de la conducta. En el fondo late una concepción exquisitamente racional de la naturaleza humana, que tendremos después ocasión de estudiar.

Pero, ¿cuáles son las razones de esta postura epistemológica y metodológica? Una de las más importantes parece constituirla el papel preponderante del mundo interior o campo fenoménico en la conducta de las personas. Veamos lo que se nos dice a este respecto.

El Campo Perceptual

En 1947 (39) Rogers adopta la misma teoría que Snygg y Combs en lo relativo a la importancia del campo fenoménico, y en 1951 dedica a este concepto las dos primeras proposiciones de su teoría de la personalidad (54, págs. 410-413). En la primera de ellas afirma: «Todo individuo vive en un mundo continuamente cambiante de experiencias de las cuales es el centro» (54, pág. 410).

La persona humana se mueve en este mundo subjetivo de las percepciones y experiencias cuya característica fundamental es la de ser un camgo, es decir un conjunto de interrelaciones. Veamos primero cómo explican Snygg y Combs este concepto del «Campo»:

«La ciencia moderna ha descubierto desde hace mucho que existen numerosas materias que no pueden ser comprendidas únicamente en términos de las «cosas» acerca de las cuales tratan. Muchos de los hechos complejos que esperamos comprender y predecir sólo pueden ser tratados mediante una comprensión de las interrelaciones. Aun cuando la naturaleza precisa de estas interrelaciones no sea conocida, sin embargo éstas pueden utilizarse eficazmente. Para explicar estas interrelaciones la ciencia moderna ha inventado el concepto utilísimo del «campo». Cuando se da el hecho de que en un punto del espacio sucede algo debido, al parecer, a que en otro punto del mismo sucedió otro fenómeno sin ninguna relación aparente de «causa» a «efecto», el científico suele decir que ambos hechos están relacionados en un campo. Este hace de puente la causa y el efecto, y gracias a él el científico puede tratar de un problema aun no conociendo claramente todos los aspectos intervinientes en la realidad. Por ejemplo, nadie ha visto la electricidad, ni tampoco se conoce con certeza lo que es o su modo de actuar. Sin embargo, a pesar de esta falta de un conocimiento exacto, somos capaces de estudiar el fenómeno suponiendo la existencia de un campo eléctrico» (258, pág. 19).

El mundo interior de la persona es también un campo en el que interactúan todos sus elementos y en el cual resulta difícil adscribir una causalidad concreta a un elemento del mismo. Este campo de interacciones dinámicas se compone, según Rogers, de «todo lo que es experimentado por el organismo, ya sea que estas experiencias sean percibidas conscientemente o no» (54, pág. 410). Esta última precisión no la encontramos en Snygg y Combs, los cuales se refieren más bien al campo de la consciencia: «Por campo perceptual entendemos el universo completo, incluido uno mismo, tal como es experienciado por el individuo en el instante de la acción. Es el campo de la conciencia personal y único de cada individuo, el campo de la percepción responsable de todas sus conductas» (301, pág. 20). Rogers incluye dentro de este concepto a experiencias no simbolizadas, y, por tanto, no conscientes, puesto parece entender por conciencia la simbolización de las mismas. «Parece probable que Angyal tuviera razón al afirmar que la conciencia consiste en la simbolización de algunas de nuestras experiencias» (54, pág. 411).

Experiencias inconscientes y conscientes

Los elementos constitutivos del campo son las experiencias del sujeto. En 1951, son llamadas «experiencias sensoriales y viscerales», es decir, experiencias procedentes de los órganos de los sentidos, o de las visceras internas del organismo. En 1959, se las define de la siguiente manera (92, pág. 197): «Este término (experiencia) se utiliza para incluir todo lo que sucede dentro de la envoltura del organismo en un momento dado y es accesible potencialmente a la conciencia. Incluye hechos de los que el individuo no es consciente, así como aquellos que están en la conciencia. Así incluye los aspectos psicológicos del hambre, aún cuando la persona pueda estar tan inmersa en su trabajo o juego que sea totalmente inconsciente del hambre; incluye el impacto de visiones, audiciones y sabores sobre el organismo, aún cuando éstos no constituyan el centro de la atención. Incluye la influencia del recuerdo y de la experiencia pasada, en la medida en que son activos en este momento, restringiendo o agrandando el significado dado a los diversos estímulos. También incluye todo aquello presente en la conciencia inmediata. No incluye hechos tales como las descargas de las neuronas o los cambios en el azúcar de la sangre, por no ser directamente accesibles a la conciencia. Por eso se trata de una definición psicológica, no fisiológica».

De esta definición de «experiencia» se desprende inmediatamente que se trata de los elementos o contenidos del campo, y que han de poder ser accesibles a la conciencia, aunque de hecho no sean conscientes.

Estas experiencias se organizan conforme a las leyes del campo propugnadas por la Gestalt. Hay unas que se hallan en la figura en un momento dado, mientras que la gran mayoría permanece en el fondo. Las relaciones entre las mismas se rigen conforme a las leyes de la Gestalt relativas a la fluidez, estabilidad, intensidad y dirección del campo. «La mayor parte de las experiencias del individuo constituyen el fondo del campo perceptual, pero fácilmente pueden convertirse en figura, en tanto que otras experiencias se deslizan al fondo. Más adelante trataremos algunos aspectos de la experiencia que el individuo evita que se conviertan en figura» (54, pág. 411).

Inconsciente

Aunque después se verá con más detalle los tipos diversos de concienciación de las experiencias, sí convendría insistir en que para Rogers el inconsciente humano se explica conforme a estos fenómenos de reorganización del campo perceptual. Al igual que todos los fenomenólogos, evita la palabra «inconsciente» («Unconscious») por la connotación freudiana que lleva consigo, y por la idea espacial que comporta. No se trata de un receptáculo interno en donde se almacenan experiencias pasadas, sino simplemente de las experiencias presentes en todo momento, pero en calidad de fondo perceptual. Con respecto al problema del «inconsciente» rogeriano, Shlien dice lo siguiente (456, pág. 322):

«Las ideas de Rogers, Snygg y Combs y otros miembros de su escuela podían expresarse de este modo: hay dos elementos, «amplitud de la atención» y «nivel de conciencia», que operan dentro de un sistema energético en el cual suben y bajan los niveles de energía y la atención es dirigida y centrada, gracias a las emociones. Un ejemplo favorito en las analogías perceptuales corrientemente utilizado es el del influjo de la amenaza en el ángulo de la visión. Normalmente, en condiciones de relajación, el ángulo de visión es lo suficientemente amplio como para permitir percepciones con una periferia de 80 grados a cada lado cuando el observador mira hacia adelante. En condiciones de intensa emoción (una de las cuales es la amenaza) el fenómeno de la «visión en túnel» puede ser inducido. La visión se estrecha, como si el observador estuviese mirando por un tubo. En tal caso, lo que sucede en la periferia no es percibido, no es «inaccesible». Sencillamente está fuera de la vista hasta que se restaure la visión normal».

Se considera que la amplitud de la atención y el nivel de conciencia aumentan o disminuyen, según la energía disponible en un momento dado. De este nivel de energía depende el que muchas sensaciones se hagan percepciones e influyan conscientemente en la conducta. En contraposición al modelo hidráulico freudiano, esta concepción energética de la conciencia e inconsciencia no necesita colocar el inconsciente en un lugar inaccesible. Lo olvidado permanece en donde estaba, pero la luz de la conciencia no llega tan clara como antes, y por eso no es percibido conscientemente. Como dice Shlien (456, pág. 323-324):

«Teóricamente, supuesta una ausencia total de amenazas, y una total liberación del gasto de energía en acciones defensivas, resultante de la misma, la memoria sería tan completa como lo dictasen las necesidades del momento, sólo limitada por los niveles de conciencia permitidos por la energía en ese momento disponible. Tales condiciones no se consiguen casi nunca, y entonces sólo temporalmente, puesto que las presiones de la nueva experiencia y el medio social cambiante alteran la situación, volviendo a introducir niveles de tensión «normales». Precisamente quizá en la medida en que se aproxima a estas condiciones ideales, la fenomenología está justificada cuando valora tanto los informes del sujeto…».

La terapia centrada en el cliente, por otra parte, al eliminar todo tipo de amenaza potencial para el sujeto, es una ocasión óptima para la manifestación sin sombras ni distorsiones del campo perceptual de la persona.

Comparado con el inconsciente freudiano, el inconsciente rogeriano tiene muy pocas semejanzas con él. No es una estancia psíquica residuo del pasado y sede de los instintos, regida por leyes totalmente distintas a las de la realidad. Rogers no acepta tampoco su irracionalidad ni su carácter alógico y atemporal. Para él no hay una serie de provincias dentro del psiquismo humano, sino un único campo fenoménico regido por las leyes de la gestalt. Los instintos no son algo caótico e informe, sino que están al servicio de una tendencia única hacia la autorrealización. Es verdad que Rogers admite la existencia de experiencias inconscientes, y que éstas juegan un papel muy importante en la neurosis. Pero estas experiencias no son inaccesibles a la conciencia, como consideraba Freud. Tampoco tienen la fuerza dinámica asignadas a las mismas por el fundador del psicoanálisis. Las experiencias inconscientes rogerianas son más bien preconscientes —empleando la terminología freudiana—, y son similares a las conscientes. Lo único que les falta es la luz de la conciencia, la cual no ha llegado hasta las mismas. Las experiencias inconscientes son, para Rogers, aquella porción del campo fenoménico no iluminada por la luz de la simbolización, y, por tanto, permanecen en el fondo del mismo. Sólo se precisa un leve cambio ambiental para que tales experiencias puedan pasar a ser figura.

En el fondo, la divergencia mayor entre ambas concepciones radica en una concepción diferente de la naturaleza humana. Frente a la visión pesimista de Freud, fruto de la cual es su noción de un inconsciente hervidero de impulsos contradictorios e inaccesible a la conciencia, Rogers opondrá una filosofía cándida de la persona. Por tanto, no podrá admitir que toda la persona, incluida su inconsciencia sea algo anárquico y desordenado. Para él, la naturaleza humana, incluida su vida instintiva, es algo perfectamente racional. Y como veremos después, sus principales ataques contra Freud se basan en una concepción de la naturaleza de la persona humana.

Volviendo al campo perceptual del individuo, se recordará que éste se compone de experiencias, las cuales pueden o no pueden ser simbolizadas. Aquéllas que son simbolizadas suelen ser llamadas percepciones y en este sentido emplearemos este término. Incluyen todo aquello consciente en un momento dado, y todo aquello que puede acceder a la consciencia cuando se produce el estímulo adecuado. Las experiencias no simbolizadas son aquellas que permanecen inconscientes. Las hay de dos clases, cómo veremos: las que no pueden simbolizarse, porque o no llegan al umbral, o carecen de importancia para el individuo, y las potencialmente accesibles a la conciencia pero imposibilitadas de hacerlo. Estas segundas constituirán uno de los polos del conflicto psíquico, como veremos más tarde.

Este mundo de experiencias organizadas en un campo de fuerzas es patrimonio exclusivo del sujeto y no puede ser conocido en sentido total y pleno por nadie ajeno a él. De ahí que la única vía hacia el mismo, la constituya el propio sujeto, y la comprensión empática del mismo, es decir, la inferencia empática.

El campo perceptual y la conducta

Este campo fenoménico constituye la realidad frente a la cual reacciona el individuo, y es el principal elemento determinador de su conducta. En esto Rogers vuelve a coincidir plenamente con Snygg y Combs. «El organismo reacciona ante el campo tal como lo experimenta y lo percibe. Este campo perceptual es para el individuo, la «realidad», dice la proposición 2 de la teoría de la personalidad (54, pág. 411).

Reaccionamos no frente a la realidad en sí, sino frente a nuestra percepción de la misma. Este hecho, evidente para Rogers, e ilustrado con diversos ejemplos tendentes a mostrar la total determinación de la conducta por el campo perceptual de la persona u organismo actuante, es ejemplificadas mediante un símil muy querido a los fenomenólogos (54, pág. 412).

«Una proposición de los semánticos puede resultar útil para comprender este concepto de que la realidad es, para el individuo, su percepción de la misma. Han señalado que las palabras y símbolos tienen con el mundo de la realidad la misma relación que un mapa tiene con el territorio que representa. Esta relación también se aplica a la percepción y la realidad. Vivimos en un «mapa» perceptual que nunca es la realidad misma. Es útil tener presente este concepto, porque puede ayudar a expresar la naturaleza del mundo en el que vive el individuo».

Precisamente este símil del «mapa» ayuda también a comprender la función del «concepto del sí mismo», el cual es una coordenada o constante del campo, que sirve para encuadrar y enmarcar nuestras percepciones. Pero esta concepción fenomenológica de la realidad plantea el problema de la diferenciación entre las percepciones y las ilusiones, entre el sueño y la realidad.

¿Cómo distinguir una alucinación o una idea delirante, por ejemplo, de una percepción realística? Aunque Rogers no se plantea el problema de la «verdadera» realidad, tiene que afrontar este problema, que en opinión de Hall y Lindsey (342, pág. 528) constituye la gran paradoja de la fenomenología. Según estos autores, Rogers tiene que encontrar la solución fuera de un marco estrictamente fenomenológico. «Rogers resuelve la paradoja abandonando el marco conceptual de la pura fenomenología. Lo que piensa o experimenta una persona no es en realidad la realidad [sic] para dicha persona; es simplemente una hipótesis provisional acerca de la realidad, una hipótesis que puede ser o no ser cierta. La persona suspende el juicio hasta que ponga a prueba la hipótesis. ¿En qué consiste dicha prueba? Consiste en verificar la exactitud de la información que ha recibido, y sobre la cual se funda la hipótesis, comparándola con otras fuentes de información. Por ejemplo, una persona que quiere echar sal a su comida se halla ante dos recipientes idénticos, uno de los cuales contiene sal y el otro pimienta. Cree que aquel que tiene agujeros más grandes es el que tiene la sal, pero, no estando segura de ello, arroja un poco de su contenido sobre la palma de su mano. Si las partículas son blancas y no negras, se siente razonablemente seguro de que se trata de sal. Una persona más precavida puede llegar incluso a poner un poco en sus labios para comprobar que no se trata de pimienta blanca. Aquí tenemos una verificación de las propias ideas recurriendo a diversos datos sensoriales. El test consiste en verificar la información menos cierta con el conocimiento más directo. En el caso de la sal, el test final es el gusto; un tipo particular de sensación lo define como sal».

Esta es la verificación aducida por Rogers, el cual como se ve, concibe al conocimiento como una hipótesis que ha de ser verificada. Precisamente, los distintos modos de verificación serán lo que distinga los tres tipos fundamentales de conocimiento propuestos ulteriormente por él, los cuales veremos más tarde. Lo que ya resulta más difícil de comprender es esta exclusividad del conocimiento y de la percepción en la determinación de la conducta. Pero esto nos remite de nuevo a problemas de índole más filosófica. Rogers termina su exposición de este punto con las siguientes palabras:

«En la trapia, donde frecuentemente se evidencia que cuando la percepción cambia se modifica la reacción del individuo, se ve muy claramente que el campo perceptual es la realidad ante la cual reacciona el individuo. Mientras se percibe al padre como un individuo dominador, ésa es la realidad ante la que reacciona el individuo. Cuando se lo percibe como individuo que trata de mantener desesperadamente su status, la reacción ante esta nueva «realidad» es muy diferente» (54, pág. 413).

Es en el terreno de la clínica donde Rogers se hace fuerte, y es su experiencia clínica el argumento más importante de esta proposición, que por otra parte, refleja exactamente su opinión, pues como ya vimos antes, cuando cambian las percepciones de una persona, cambia su conducta. Ahora bien, ¿constituirá entonces la terapia un mero comunicar percepciones intelectuales al cliente? El proceso no será tan sencillo. Veamos ahora algunos otros elementos importantes de la teoría de la personalidad.

Indice:

Acerca de este documento:

Autor: José M. Gondra Rezóla. "La psicoterapia de Carl R. Rogers. Sus orígenes, evolución y relación con la psicología científica" Capítulo V. Ed. Desclie de Brouwer, 1981.

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