4. Conceptos organísmicos de la teoría

Aunque los conceptos fenomenológicos van muy entremezclados con conceptos organísmicos propios de una teoría biopsicológica de la personalidad, vamos a tratar de separar los que se refieren al organismo, ya que representa otro de los polos de la explicación dinámica del cambio de la personalidad. Las formulaciones rogerianas relativas al organismo humano dependen mucho de la obra de Kurt Goldstein (331, 332), de la cual Rogers también se confiesa deudor, y de la cual toman muchos elementos teóricos Snygg y Combs.

El organismo humano

El organismo humano constituye el centro de estudio de esta psicología totalizante cuyo portavoz principal en América fue Kurt Goldstein. Se trata en parte de una reacción frente a las psicologías atomizantes y frente a las concepciones dualísticas que dicotomizaban artificialmente a la persona en cuerpo y espíritu. Dentro de la psicología de la personalidad, destaca la insistencia de Goldstein en el organismo en cuanto totalidad. A raíz de sus experiencias con las lesiones cerebrales de los soldados heridos en la I Guerra Mundial, Goldstein concibe al síntoma no como producto de una determinada lesión o enfermedad, sino como manifestación de la totalidad del organismo. El organismo total, en su conjunto, es anterior a sus partes, opera siempre como una organización, y es preciso conocer sus leyes generales si se quiere comprender adecuadamente el funcionamiento de sus partes. En este sentido, el parentesco con la psicología de la Gestalt es patente, aunque Goldstein insiste mucho más que aquélla en el organismo humano. En lo que respecta a la motivación del organismo, la postulación de un impulso soberano y único propia de esta corriente de pensamiento, se adapta perfectamente a la experiencia rogeriana de las fuerzas de crecimiento evidentes en la clínica, y le brinda unos cons tractos teóricos capaces de formular esa intuición en términos de una psicología biológica. La tendencia actualizante del organismo deberá mucho al término «autorrealización» de Goldstein. Por último, la insistencia de esta corriente de pensamiento en el potencial del individuo, y su menoscabo de las fuerzas del medio ambiente coincide plenamente con la psicoterapia individualista de Rogers. Como veremos, en el fondo de su concepción late un cierto menoscabo hacia el ambiente, el cual es el causante de la disociación de la persona, que, dejada a sus propias fuerzas, habría avanzado por sí sola hacia la autorrealización de sus potencialidades. Veamos algunos aspectos organicistas de la teoría de la personalidad rogeriana.

El organismo es una totalidad organizada

La primera característica importante del organismo en cuanto tal es la de ser una Gestalt o configuración organizada. «El organismo reacciona como una totalidad organizada ante su campo fenoménico» (proposición 3) (54, pág. 413). El término «totalidad organizada» es un concepto típico de todas aquellas psicologías que como la de Goldstein y los organicistas, los gestaltistas, y muchos humanistas como Allport, salen en defensa del carácter totalizante, personal y configurativo del organismo, y se oponen a las psicologías reduccionistas del «estímulo – respuesta». Rogers vuelve a insistir en este carácter del organismo humano, ya insinuado cuando se habló del carácter gestáltico de su campo perceptual. El organismo es una gestalt, una organización, y, en cuanto tal, es superior a las partes y trasciende la suma de las mismas. Una vez más se coloca en la antítesis del conductismo.

«Aunque hay todavía quienes se interesan principalmente por el tipo segmentario o atomístico de la reacción orgánica, hay una creciente aceptación del hecho de que una de las características básicas de la vida orgánica es la tendencia a las respuestas totales, organizadas, intencionales. Esto sucede, tanto en el caso de las respuestas que son principalmente fisiológicas, como en el de aquellas que consideramos psicológicas» (54, pág. 413).

Los argumentos en que se apoya son los típicos de los personalistas que defienden este carácter unitario del individuo: los procesos homeostáticos del organismo, y el carácter funcional de su fisiología. Por lo que se refiere a la psicología,

«En el campo psicológico parece casi imposible cualquier tipo simple de explicación estímulo – respuesta de la conducta. Una mujer joven habla durante una hora de su antagonismo con su madre. Encuentra, después de ello, que su condición asmática persistente, que nunca ha mencionado, siquiera al consejero, mejora enormemente… Es extremadamente engorroso tratar de explicar estos fenómenos sobre la base de una cadena atomística de acontecimientos. El concepto teórico básico a tenerse siempre en cuenta es el de que el organismo es, en todo momento, un sistema organizado total; la modificación de cualquier parte puede producir cambios en cualquier otra. Nuestro estudio de tales fenómenos parciales debe partir del hecho central de la organización coherente, intencional» (54, pág. 414).

Esta totalidad que constituye el organismo es algo que trasciende el dualismo cartesiano. Como ha podido apreciarse en el último ejemplo, el concepto de organismo no se refiere únicamente a lo que la fisiología entiende por tal, sino a la totalidad de las funciones anímicocorpóreas que constituyen la persona humana. El término «organismo» se refiere a la totalidad de aspectos físicos y psíquicos del hombre, no sólo a lo corpóreo.

La Tendencia fundamental del organismo

El organismo humano, tal como es concebido por Rogers está constituido por un sistema impulsor, llamado «tendencia actualizante» y por un sistema regulador y de control, que se llama «proceso de evaluación organísmico». Veamos primero la motivación básica de todo organismo.

«El organismo tiene una tendencia básica y un impulso a actualizar, mantener y desarrollar el organismo experenciante», dice Rogers en la proposición cuarta de su teoría de la personalidad (54, pág. 414). Los términos de esta formulación están tomados de Snygg y Combs, pero su contenido coincide plenamente con el de los psicológicos organicistas y holistas, especialmente con Angyal (208) y Goldstein (331). Rogers se sirve ahora de estos términos organísmicos para expresar aquello que, como vimos, constituía la hipótesis fundamental de su terapia: la confianza en la capacidad del individuo. Traducida a estos términos por primera vez en 1946 (34, pág. 418), desde entonces pasa a ser el motivo fundamental de su teoría de la personalidad, como reconoce el mismo Rogers en 1959 (92, pág. 196): «Importa precisar que esta tendencia actualizante básica es el único motivo postulado en este sistema teórico». Y esta convicción, lejos de enfriarse con el tiempo, ha ido haciéndose cada vez más fuerte y patente, como se nos dice en 1963: «es una convicción que ha ido haciéndose cada vez más fuerte con el pasar de los años» (122, pág. 1). Bien se la considere como tendencia actualizante, o como hipótesis fundamental de la terapia, esta convicción en la dirección positiva del ser humano constituye una de las constantes del pensamiento rogeriano a través de todas las épocas.

Cuando tratamos del proceso terapéutico y del terapeuta centrado en el cliente vimos cómo las fuerzas de crecimiento presentes en la persona constituían el motor de la psicoterapia y el fundamento sobre el cual se apoyaba la acción del terapeuta. Ahora las enfocaremos desde este punto de vista más teórico de la personalidad, que las asimila a las fuerzas 9 de la vida propias de todo organismo.

Una sola tendencia básica

Una de las características más notables de la teoría motivacional rogeriana es la admisión de un único motivo básico, substrato de todos los demás, y al cual pueden reducirse los mismos. Esto no se ve en los primeros escritos de Rogers. En ellos, a pesar de que ya se habla de «fuerzas de crecimiento», éstas son consideradas junto con otras diversas fuerzas que no necesariamente se relacionan con una tendencia básica del organismo. Así, por ejemplo, en 1939 (10, págs. 1011), se dice lo siguiente: «El ser humano, en cuanto organismo tiene ciertas necesidades vitales para el individuo. Los psicólogos difieren en lo relativo a la clasificación de estos deseos fundamentales, pero con vistas a la clínica puede decirse que hay dos grandes clases de necesidades. La primera es la necesidad de respuesta afectiva por parte de otras personas. Incluiría la necesidad de reconocimiento, el deseo de afecto paterno y de otras personas, el deseo en el individuo maduro de respuesta sexual por parte de la pareja. La segunda gran necesidad es la de conseguir y obtener la satisfacción procedente de la consecución y expansión del sentimiento de autoestima propia. Ambas necesidades tienen que ser satisfechas por el individuo, a niveles diferentes según sea la etapa de crecimiento y madurez…». Estas dos necesidades fundamentales las volveremos a ver posteriormente bajo el prisma de la necesidad de consideración positiva. Pero por esta época Rogers no se separa de la concepción tradicional de las necesidades y motivaciones humanas.

A medida que la tendencia al crecimiento va haciéndose más patente, en especial a partir de 1946, en que es puesta como aspecto fundamental de la psicoterapia, las demás necesidades humanas comienzan a subordinarse a este impulso fundamental (cfr. 34). Ese mismo año y en ese mismo artículo se habla de que las «fuerzas desahogadas por el proceso catalítico de la terapia no son explicadas adecuadamente por el conocimiento de los condicionamientos previos del individuo, si es que no se considera la presencia de una fuerza espontánea dentro del organismo que tiene la capacidad de integración y redirección» (34, pág. 422). Pero, sobre todo, en otro escrito de ese año (37) se ve ya con mucha más claridad la relación existente entre el impulso al crecimiento y las demás necesidades, que no son sino expresiones del mismo. Veamos cómo se expresa esto, (37, pág. 13):

«Los pocos y fácilmente gratificables motivos del niño se expanden en las motivaciones complejas y abundantes del adulto. La dependencia total de las demás personas y del medio propia del niño, cede el paso a la independencia del adulto. La exclusiva preocupación por sí mismo y por sus propias necesidades del niño, deja paso al interés del adulto por las otras personas y por sus necesidades, transformándose en conducta social. El amor hacia sí mismo del niño se convierte en amor heterosexual del adulto… Toda esta evolución es expresión del impulso al crecimiento, común a los seres humanos en cuanto miembros de la sociedad».

El hecho de que las demás necesidades sean expresión del impulso básico a crecer parece ser indicio de que éste es el impulso básico subyapacente a todas ellas. Esto se afirma de modo más explícito en dicho escrito un poco después (37, pág. 14): «Este impulso hacia la madurez a pesar de las dificultades, esta tendencia al crecimiento que existe en todo individuo, es la motivación que está debajo de la capacidad del cliente para resolver sus propios problemas durante el counseling adecuado» (37, pág. 14). De modo que ya por esta época se concibe un impulso básico y una serie de motivos subordinados a él.

En la teoría de 1951 este impulso básico es llamado «tendencia actualizante del organismo» y todas las demás necesidades de la persona se consideran como aspectos parciales de la misma. «En lugar de hablar de numerosas necesidades y motivos, es posible describir todas las necesidades orgánicas y psicológicas como aspectos parciales de esta necesidad fundamental» (54, pág. 414), y en 1959 ya vimos cómo se la consideraba como único motivo del sistema teórico.

El que se admita un impulso o tendencia básica no quiere decir que se niegue la existencia de los demás motivos o necesidades. No es esa la intención de Rogers, aunque, por otro lado, tampoco le interesa enumerar un catálogo de las mismas.

«Observemos, a propósito de las características del niño, que no hemos tratado en absoluto de establecer una lista completa del equipo innato del niño. La cuestión de saber si, por ejemplo, el niño posee instintos, o si tiene un reflejo de succión innato o una necesidad innata de cariño, tiene desde luego gran interés; pero cuando se trata de elaborar una teoría de la personalidad, las respuestas a estas cuestiones parecen periféricas, más que esenciales» (92, pág. 223), dice Rogers en 1959.

La razón es esta falta de interés por aquellos constructos motivacionales que no sean el fundamental o básico, la constituye su falta de valor heurístico, como se afirma en 1963 (122, págs. 78). «Dudo que los psicólogos hagan progresar su ciencia mientras su teoría fundamental se centre en la formulación de que el hombre busca la comida porque tiene un motivo o impulso del hambre; que interactúa de modo exploratorio y manipulativo con su medio porque tiene un motivo de competencia; que busca su realización porque tiene un impulso a dominar o una necesidad de realizarse. Incluso en un área que a muchos ha parecido tan clara, el concepto de un motivo sexual no se ha mostrado demasiado útil para desvelar las complejísimas variables que determinan la conducta sexual aún en los animales…». Para Rogers lo único que cuenta es esa dirección esencial hacia el crecimiento própia de todo organismo. «El organismo es activo, actualizante y directivo. Esta es la base de todo mi pensamiento. Una vez aceptado esto, no veo interés alguno en imponer abstracciones relativas a motivos específicos en la multiforme y compleja conducta humana. Ciertamente es posible la categorización de los fenómenos de la conducta en muchos motivos diferentes, y, de hecho, estos fenómenos pueden dividirse de muchas maneras. Pero me parece dudoso que esto sea deseable o heurístico. Con el ejemplo he tratado de indicar que, para comprender realmente las condiciones antecedentes a la conducta, quizá sea preferible formular las hipótesis sobre la base de la observación directa de los fenómenos, y no sobre una serie de motivos previamente construida» (122, págs. 1415).

Las diversas categorías motivacionales, bien se las llame necesidades, motivos o instintos, no interesan a Rogers por su falta de eficacia práctica a la hora de explicar el comportamiento. Su concepción fenómenológica de la ciencia, como pura descripción de los fenómenos, se deja también traslucir en este desprecio hacia las motivaciones concretas de la conducta.

En la práctica, Rogers hablará de diversas necesidades: necesidad de autoestima, necesidad de consideración positiva, etc., pero en su teoría no se detiene a clasificarlas conforme a ningún esquema lógico. Solo intenta presentar una motivación básica, la cual ha de aceptarse sin más, en virtud de su evidencia.

La dirección de la vida

La tendencia actualizante es la misma dirección de la vida orgánica. En 1947, al final de un artículo expositivo de su psicoterapia, comienza a preguntarse Rogers por la tendencia de la vida orgánica: «¿Existe en la vida orgánica una tendencia a moverse en la dirección del crecimiento?» (38, pág. 116), indicando indirectamente una asimilación de las fuerzas de crecimiento a las de la vida orgánica. En 1951 concibe ya claramente a estas «fuerzas de la vida» operando en el proceso de la terapia (54, pág. 195): «Subyaciendo a todo este proceso de funcionamiento y cambio están las fuerzas impulsoras de la vida misma»; y en la teoría de la personalidad la asimilación es ya perfecta (54, pág. 414): «Las palabras utilizadas —nos dice— son un intento de describir la fuerza direccional observada en la vida orgánica, una fuerza que muchos científicos han considerado básica…». En 1959 nos dice que es sinónimo del concepto de vida tal como la entiende Angyal:

«Las palabras de Angyal (208) podrían ser utilizadas como sinónimo de este término: "La vida es un evento autónomo que sucede entre el organismo y el medio. Los procesos vitales no tienden simplemente a preservar la vida, sino que transcienden el status quo momentáneo del organismo, expandiéndose continuamente e imponiendo su determinación autónoma a un número de hechos cada vez más creciente"» (92, pág. 196).

En 1963 muestra con abundantes ejemplos esta tendencia básica de la vida. La planta pequeña situada en una roca batida por el mar que resiste a todos los embates del mismo, es una muestra gráfica de la misma (122, pág. 3): «Ya hablemos de esta planta, ya de un roble o de una hormiga o de una gran mariposa nocturna, ya de un mono o de un hombre, creo que haríamos bien reconociendo que la vida es un proceso activo, más que pasivo. Surja el estímulo de dentro o de afuera, sea el medio favorable o desfavorable, las conductas de un organismo pueden ser consideradas como marchando en la dirección de su mantenimiento, expansión y reproducción. Esta es la naturaleza del proceso que llamamos vida. Hablando de la totalidad de estas reacciones …cuando fundamentalmente hablamos de aquello que «motiva» básicamente la conducta del organismo, me parece que esta tendencia direccional es lo fundamental».

La consideración de este carácter positivo de la vida orgánica, junto con la experiencia de la misma en sus clientes, es la que lleva a Rogers a identificar la motivación humana básica con la dirección positiva de la vida. El ser humano, al igual que cualquier organismo es un ser activo, y no puramente reactivo, que camina hacia su plenitud. De esta manera, concibiendo a la tendencia como dirección de todo el organismo —y no únicamente de una parte de él—, se puede llegar a comprender lo que Rogers entiende como tendencia actualizante.

Aspectos de la tendencia

Los aspectos de la misma destacados por Rogers son dos, principalmente: la conservación del organismo, y su expansión y progreso.

  1. En primer lugar es una tendencia a conservar la organización. Como señalan Snygg y Combs (258, pág. 41); «El atributo más notable de una organización parece ser su constante tendencia a la autopreservación». Rogers describe este aspecto en los siguientes términos (54, pág. 414): «Nos referimos a la tendencia del organismo a mantenerse, a asimilar su alimento, a comportarse defensivamente frente a las amenazas, a lograr la meta de la autopreservación cuando el camino usual que conduce a esta meta esté bloqueado». Es una tendencia a satisfacer las «necesidades de déficit» postuladas por Maslow, autor mencionado expresamente por Rogers (cfr, 92, págs. 196 y 122, pág. 6).
  2. Pero además es una tendencia a crecer y expansionarse [sic]. Como se afirma en 1959 (92, pág. 196): esta tendencia «comprende no sólo la tendencia a satisfacer lo que Maslow llama «necesidades de déficit» de alimento, de aire, de agua y cosas por el estilo, sino también actividades mucho más generalizadas. Comprende el desarrollo hacia la diferenciación de órganos y funciones, a la expansión en términos de crecimiento, a la expansión y propagación por medio de la reproducción. Es desarrollo hacia la autonomía y la liberación de la heteronomía o del control por fuerzas extrañas». Este aspecto del crecimiento, de la expansión, de la maduración, etc., es el que más se ajusta a la hipótesis del «crecimiento» de la psicoterapia rogeriana. Entre los aspectos positivos de esta tendencia, destacan los siguientes: a) es una tendencia a una mayor diferenciación de órganos y funciones; b) a crecer y reproducirse; c) a extender el poderío mediante la creación de herramientas; d) a caminar por el camino de la independencia; e) a la socialización, etc.

Pero esta tendencia a progresar es selectiva, o dicho coa otras palabras, finalista. La persona humana no desarrolla indiscriminadamente todas sus capacidades, incluidas las negativas, sino que siempre marcha hacia la autorrealización más plena. «El organismo no desarrolla al máximo su capacidad de padecer dolores, ni la persona humana desarrolla o ejercita su capacidad de aterrorizar, ni, a nivel fisiológico, su capacidad de vomitar» (54, pág. 414). Y en 1963 se añade: «está claro que la tendencia actualizante es selectiva y direccional, constructiva si se quiere» (122, pág. 5). Como es natural, este esquema motivacional rompe los moldes de la reducción de la tensión, y supera con creces esta concepción psicológica de la motivación, con lo cual Rogers se pone de nuevo frente al conductismo y al psicoanálisis. En 1959 dice lo siguiente (92, pág. 196): «Pudiera también decirse que conceptos de la motivación tales como los llamados reducción de la necesidad, reducción de la tensión, reducción del impulso, también se incluyen en este concepto. Ahora bien, éste también incluye otras motivaciones de crecimiento que parecen trascender estos términos: la búsqueda de tensiones placenteras, la tendencia a la creatividad, la tendencia a aprender con dolor y esfuerzo a caminar cuando esta misma necesidad podía ser satisfecha mucho más cómodamente con el gateo…». En 1963, su oposición al conductismo es más explícita: «La escuela de pensamiento del «organismo vacío», sin ninguna variable interviniente entre el estimulo y respuesta está en declive» (122, pág. 3). Igualmente se muestra contrario a Freud: «La obra en el campo de la privación sensorial descubre todavía con más fuerza el hecho de que la reducción de la tensión o ausencia de estimulaciones está muy lejos de ser un estado deseable para el organismo. Freud no podía haber estado más equivocado al postular que el sistema nervioso…» (122, pág. 3).

Rogers se sitúa dentro de la corriente más personalista de la moderna psicología americana. Al igual que Allport, Maslow y otros psicólogos de la «tercera fuerza» postula un organismo activo, autónomo, orientado al futuro y al crecimiento. Ahora bien, frente al análisis existendal, por ejemplo, su teoría permanece en un nivel muy organicista, y no se define en lo relativo a la existencia de otras necesidades superiores a las biológicas. Este es un problema que no le interesa.

Fundamentos del constructo

Cuando estudiamos la hipótesis fundamental del terapeuta rogeriano vimos que su mayor evidencia la constituía la experiencia clínica. La capacidad del cliente era algo patente a todo aquel terapeuta que la hubiese puesto a prueba. En su teoría de la personalidad, los argumentos en favor de la tendencia actualizante proceden igualmente de la observación y de la experiencia (54, pág. 415):

«La tendencia direccional que intentamos describir se evidencia en la vida del organismo individual desde la concepción hasta la madurez en cualquier nivel de complejidad orgánica. También se evidencia en el proceso de la evolución, cuyo desarrollo es definido comparando la vida en los primeros peldaños de la escala evolutiva con los tipos de organismos que se han desarrollado posteriormente».

La biología ofrece también datos que confirman esta intuición elemental. Pero estos argumentos son posteriores a la teoría, como confiesa el mismo Rogers (122, pág. 3): «Solo después de intentar formular mi propia teoría llegué a conocer algunos datos de la biología que confirman el concepto de la tendencia actualizante» (122, pág. 3).

La psicología también aporta datos experimentales que confirman esta teoría. En 1963 son mencionados los siguientes:

  1. los experimentos de Dember, Earl, y Paradise con ratas, los cuales demuestran sus preferencias por un medio con estímulos complejos, y no por el medio con una estimulación más simple.
  2. Los trabajos relativos a la conducta exploratoria, el juego y la curiosidad, en especial los de Berlyne y Harlow.
  3. Los experimentos acerca de la privación sensorial.

Todos ellos confirman, según Rogers, su teoría, aunque en realidad no se vea esto tan claro, entre otras razones porque no pretenden tal cosa.

En 1951 el argumento principal, además de la experiencia, es el de la coincidencia con otros autores, cuyas voces se levantan contra el irracionalismo de los instintos freudianos, y su visión determinista de la persona. Entre ellos figuran Goldstein, Angyal, Mowrer y Kluckhon, y ciertos neoanalistas, como Sullivan y Horney. En 1959 se añade Maslow a la lista.

Pero indudablemente el argumento más querido de Rogers lo constituye su experiencia terapéutica.

«Nuestra esperiencia terapéutica nos ha llevado a otorgar un lugar central a esta exposición. El terapeuta toma conciencia de que la tendencia progresiva del organismo humano es la base en que confía más profunda y fundamentalmente. Se hace evidente no sólo en la tendencia general de los clientes a avanzar en dirección al crecimiento cuando los factores de la situación son claros, sino que se muestra más dramáticamente en casos muy graves en que el individuo está al borde de la psicosis o del suicidio. En estos casos el terapeuta es consciente de que la única fuerza en la que puede confiar básicamente es la tendencia orgánica a continuar el desarrollo» (54, pág. 416).

Esta experiencia clínica potente y patente, hace que la tendencia sea postulada como un presupuesto antropológico previo a toda teoría psicológica. Pero el hecho es que este impulso básico brinda a Rogers la categoría teórica necesaria para explicar su experiencia y por eso la adopta inmediatamente. Esta tendencia actuará siempre en la terapia y será su gran aliado. Con todo, su acción en la persona no es siempre suave y placentera y puede comportar tensión, dolor y conflicto, sobre todo cuando choca con el medio ambiente (2).

La tendencia a la actualización del «sí mismo»

En la teoría de 1959, a continuación de la definición de la tendencia actualizante se incluye este otro constructo motivacional, que es definido en los siguientes términos: «Siguiendo el desarrollo de la «estructura del sí mismo», esta tendencia hacia la actualización se expresa también en la actualización de aquella porción de la experiencia del organismo simbolizada en el «sí mismo». Si éste y la experiencia total del organismo son relativamente congruentes, entonces la tendencia actualizante permanece relativamente unificada. Pero si no son congruentes, entonces la tendencia actualizante general del organismo puede obrar con propósitos contrarios al subsistema de aquel motivo, esto es, de la tendencia actualizante del sí mismo» (92, págs. 196197).

Con este nuevo constructo se pretende dar una explicación lógica al conflicto psíquico existente cuando el «concepto del sí mismo» se disocia del organismo. Parece como si ambos tuvieran sus propios sistemas autopropulsores, y como si ambos entrasen en conflicto. Con ello cabría pensar en una lucha de instintos o tendencias dentro de la persona. Pero la lucha permanece más bien a un nivel lógico, ya que como veremos después, el conflicto psíquico para Rogers no es algo dramático ni inevitable, ya que la fuente de ambas tendencias es una sola, y por tanto no existe un dualismo psíquico. La teoría de la personalidad de Carl Rogers no explicará nunca de modo adecuado los aspectos más agónicos y sombríos de la existencia humana. El organismo humano es en el fondo un todo armónico, y las necesidades humanas se subordinan todas en último término a una única motivación fundamental.

El sistema regulador del organismo humano

Junto al sistema motivacional existe en el hombre un sistema reguador, los procesos de evaluación del organismo, que le mantiene dentro le los límites de su actualización. Veamos cómo describe Rogers al niño, antes de que la cultura imponga sus modificaciones al organismo: «Se ocupa en un proceso de evaluación organísmica, valorando la experiencia conforme al criterio de la tendencia actualizante. Las experiencias percibidas como conservadoras o expansionantes [sic] del organismo son valoradas positivamente. Las que se perciben como negando esta conservación o desarrollo, son valoradas negativamente» (92, pág. 222).

El niño pequeño, el organismo puro, tiene muy poca incertidumbre en sus evaluaciones. Al mismo tiempo que es sujeto de experiencias, tiene conciencia directa del valor de las mismas. Cuando el niño tiene conciencia de una experiencia, inmediatamente la evalúa: «me gusta» o «me disgusta». El criterio de tal evaluación es la tendencia actualizante del organismo: aquellas experiencias que percibe como vitalizadoras y positivas para su desarrollo reciben una valoración positiva, mientras que las que percibe como amenazantes las valora negativamente. Las características de este proceso evaluador llamado «organísmico» son las siguientes:

  1. Es propio del organismo. «Esta base es algo que el ser humano comparte con el resto del mundo animado. Es parte del proceso vital de todo organismo sano. Es la capacidad de recibir información retrospectiva la que permite al organismo ajustar continuamente su conducta y sus reacciones para conseguir el máximo posible de autocrecimiento» (127, pág. 165).
  2. Tiene como punto de referencia la tendencia actualizante del organismo. Es decir el criterio de la valoración lo suministra el organismo. Valora positivamente las experiencias que le hacen progresar al organismo, y negativamente las que impiden el crecimiento.
  3. Se trata de un proceso cambiante, flexible y fluido, no de un sistema rígido y estático. «Es un proceso continuo en el que los valores no están nunca fijados ni son rígidos, sino que se simbolizan las experiencias de modo exacto, continuo, fresco…» (92, pág. 210). Podíamos decir que los valores surgen de las experiencias, y no al revés, es decir, que los valores no imponen la estructura a las experiencias.
  4. No es necesario que sea un proceso simbólico o consciente. En 1951 se nos dice que el proceso carece de símbolos verbales, y en 1964 que «es una función organismica, no una función simbólica o consciente» (127, pág. 161).
  5. Es un proceso sumamente eficaz y seguro, ya que se funda en la sabiduría del organismo y se basa en todos los datos de la situación, a saber, en todas las experiencias del organismo. En este sentido, es también social, ya que es común a toda la especie humana, y por tanto los valores de él resultantes son valores también comunes a la especie.
  6. El «locus» o fuente de donde dimanan los valores está situado dentro del organismo. El centro del proceso está en las propias experiencias orgánicas, y la evidencia es aquella proporcionada por los propios sentidos y no por el juicio de otras personas. «Es desde dentro de su propia experiencia desde donde el organismo le dicta en términos no verbales «esto es bueno para mí» (127, pág. 161).

Este sistema de valores fundados en el organismo y en la evidencia de los propios sentidos, resultante del proceso de evaluación organísmico, es el que sirve para guiar la conducta del organismo y adecuarla a la satisfacción de las necesidades derivadas de su actualización. Dotado de este sistema innato de regulación de la conducta, buscará aquellas experiencias valoradas positivamente y evitará aquellas que dañan a su organismo. Pero esta situación original no durará mucho, como en seguida veremos. Pronto este sistema regulador de la conducta dejará el paso a otro sistema más dualista y alejado de la experiencia: el «concepto del sí mismo».

La conducta del organismo

La interacción del organismo con el medio ambiente se rige por la tendencia actualizante. Por eso su «conducta es básicamente el esfuerzo intencional del organismo por satisfacer sus necesidades tal como las experimenta, en el campo tal como lo percibe», como dice la proposición 5 de la teoría de 1951 (54, pág. 417). El organismo tiende a la satisfacción de sus necesidades, las cuales, como vimos anteriormente, se derivan y dependen de la necesidad básica de actualización. De ahí que la conducta tienda a satisfacer estas necesidades de autorrealización. Según Rogers, las diversas necesidades se manifiestan en forma de tensiones fisiológicas, que al ser experimentadas, inducen al organismo a la acción encaminada a reducir la tensión y a desarrollarse y progresar. En lo que respecta al problema teórico del origen meramente fisiológico de todas las necesidades, no hay una clara toma de posición. En 1951 se dice lo siguiente (54, págs. 417-418): «Se plantea la pregunta: ¿Todas las necesidades se originan en tensiones fisiológicas? Las necesidades de afecto y de logros, por ejemplo, que parecen estar significativamente relacionadas con el mantenimiento y desarrollo del organismo, ¿tienen una base biológica?…, necesitamos realizar muchos trabajos en este área para poder comprender profundamente el problema. Hasta la fecha las investigaciones son pobres en cuanto a su planificación y controles».

La conducta supone una satisfacción de las necesidades, tal como estas son percibidas, en la realidad fenoménica, no en la realidad en sí. Este punto es constantemente acentuado por Rogers. No reaccionamos ante la realidad, sino ante nuestra percepción de la misma, aunque de hecho se reconozca que necesidades no plenamente concienciadas [sic] pueden suscitar conductas apropiadas. Asimismo, la conducta es provocada por necesidades presentes, y no por algo ocurrido en el pasado, como sostiene el psicoanálisis. Este énfasis en el presente no es más que una transcripción del énfasis en el presente de su psicoterapia. «También deberíamos mencionar que en esta concepción de la motivación todos los elementos eficaces existen en el presente. La conducta no es «causada» por algo que sucedió en el pasado. Las tensiones presentes y las necesidades presentes son las únicas que el organismo intenta reducir o satisfacer» (54, pág. 418). Este carácter presente de las motivaciones no impide que sean causadas originariamente por experiencias pasadas. «Si bien es cierto que la experiencia pasada ha servido, evidentemente, para modificar el significado que sería percibido en las experiencias presentes, no tiene lugar ninguna conducta que no se oriente a satisfacer una necesidad presente» (54, pág. 418). En esto Rogers se alinea dentro de la corriente humanista de la psicología americana de los últimos años, uno de cuyos pioneros fue Allport, cuya teoría de la contemporaneidad de las motivaciones coincide con la de los fenomenólogos. En psicoterapia, como vimos, este énfasis en el presente, se traducía en una búsqueda de la solución del conflicto en la situación misma de la terapia, y no en el análisis de hechos pretéritos.

La Emoción

La conducta suele ir acompañada de emociones. En la teoría de 1951 Rogers dedica una proposición a la emoción: «La emoción acompaña y en general facilita esta conducta intencional; el tipo de emoción esta relacionado con los aspectos de la búsqueda versus los aspectos consumatorios de la conducta, y la intensidad de la emoción, con la significación percibida de la conducta para la preservación y desarrollo del organismo» (54, pág. 418). Esta proposición sexta recoge una teoría de la emoción desarrollada por Lecky y Leeper (cfr. especialmente 374), que tiene la virtud de insistir en el carácter positivo de las emociones dentro de la economía de la conducta. Las emociones no sólo no obstaculizan el equilibrio psicológico, sino que además lo favorecen. Esta idea concuerda perfectamente con el optimismo rogeriano relativo a la personalidad, pero no es demasiado importante, ya que en 1959 no aparece en la formulación de la teoría.

La división de las emociones hecha por Rogers se ajusta al siguiente esquema: desagradables o excitantes, y tranquilas o placenteras. Las primeras acompañan a las actividades de búsqueda del organismo, mientras que las segundas acompañan a la satisfacción de las necesidades. Las emociones desagradables no son funestas en sus efectos, antes bien conducen a la integración y a la concentración de la conducta en un objetivo. Por eso, «siempre que no sea en grado excesivo, el miedo acelera la organización del individuo en dirección a huir del peligro, y los celos competitivos concentran los esfuerzos del individuo para superarse» (54, págs. 418-419).

La intensidad de las emociones varía conforme a la relación existente entre la conducta y la actualización del organismo. Cuando más ligada se perciba a la misma, y más necesaria sea para la actualización, la emoción será más fuerte. Ahora bien, cuando en el adulto este cuadro se complica por la existencia de otras necesidades contrarias a la actualización, entonces la cosa varía un poco. Cuando las necesidades del «sí mismo» cobran fuerza en la persona, entonces «la intensidad emocional se puede calibrar por el grado de implicación del «sí mismo», mejor que por el grado de implicación del organismo (54, pág. 419).

Esta teoría de la emoción no es original y por eso no parece ser sino dictada por la necesidad de abarcar todos los capítulos tradicionales de la teoría de la personalidad. Pero resulta muy incompleta, y desde luego, le falta un gran apartado, el estudio de sentimientos o emociones tales como la angustia, la cual, dicha sea de paso, es uno de los grandes ausentes en su teoría de la personalidad.

El organismo: Resumen

En la teoría de 1959 se sintetizan todos los aspectos del organismo y del campo fenoménico en torno a las características del niño pequeño, en quien es más patente el organismo sin los aditamentos culturales y sin el desarrollo de otros sistemas superiores. Las características fundamentales de este organismo incipiente que es el niño son las siguientes:

  1. Percibe su experiencia como si fuera la realidad. Para él, la realidad es su experiencia, cuyo conocimiento es patrimonio exclusivo suyo, ya que nadie puede asumir plenamente su marco interno de referencia.
  2. Tiene una tendencia básica a actualizar su organismo.
  3. Su conducta es el empeño intencional por satisfacer ese impulso básico en la realidad por él percibida.
  4. En esta interacción se comporta como un todo organizado.
  5. Está inmerso en un proceso evaluador organísmico.
  6. Su conducta se regula conforme a los valores resultantes de este proceso.

Estas son las características del organismo, el cual, como veremos en seguida, va a entrar en conflicto con el «concepto del sí mismo», producto del desarrollo humano y de la interacción del organismo con el medio.

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Acerca de este documento:

Autor: José M. Gondra Rezóla. "La psicoterapia de Carl R. Rogers. Sus orígenes, evolución y relación con la psicología científica" Capítulo V. Ed. Desclie de Brouwer, 1981.

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