5. El desarrollo de la personalidad

El carácter unificado del organismo del niño no va a durar mucho, ya que en el seno de su campo perceptual va a ir diferenciándose progresivamente una nueva porción, llamada self que, en el curso ordinario de los acontecimientos, no va a coincidir plenamente con todas las experiencias del organismo. Veamos cómo surge el «sí mismo», y con él, la disociación y el alejamiento fundamental de la persona humana.

La experiencia de sí mismo

A medida que el niño se desarrolla, «una parte del campo perceptual total se diferencia gradualmente constituyendo el "sí mismo"» (54, pág. 421). El niño comienza a reconocer como suya una parte de su mundo privado. En un «sí mismo consciente», que no necesariamente coexiste con todo el organismo humano. Se trata de «una conciencia de ser, conciencia de funcionar» (92, pág. 223), procedente probablemente del «gradiente de autonomía» o sensación de control de ciertas experiencias. Como se dice en 1951:

«Si un objeto o una experiencia se consideran o no partes del «sí mismo», depende en grado considerable de si se los percibe o no dentro del control del «sí mismo». Consideramos a aquellos elementos que controlamos como parte de nuestro «sí mismo»… Quizás este «gradiente de autonomía» es el primero en dar al infante conciencia de sí mismo, puesto que por primera vez es consciente de una sensación de control sobre algunos aspectos de su mundo de experiencias» (54, pág. 422).

En 1951 Rogers no responde a la pregunta de si el «self» es producto de la interacción con el medio, o es producto del proceso de simbolización. Se contenta con afirmar que no es sinónimo de «organismo», y que tiene un sentido más restringido; es la conciencia de ser o de funcionar. En 1959 relaciona su desarrollo con la tendencia actualizante, y en lugar de «sí mismo», llama «experiencia de sí mismo» a esta conciencia de funcionar. Y no se dan más detalles acerca de cuándo comienza a diferenciarse esta porción del campo perceptual, que, como decimos, todavía no constituye el concepto del sí mismo.

Formación del «concepto del si mismo»

«Esta representación en la conciencia de ser y de funcionar, se va complicando, y por la interacción con el medio, especialmente con el medio compuesto por las otras personas significativas socialmente, se convierte en un «concepto del sí mismo», u objeto perceptual en su campo experiencial» (92, pág. 223). Con estas palabras sintéticas se describe el nacimiento del «concepto del sí mismo» en el niño. Este «concepto de sí mismo» es una configuración organizada, contiene todas aquellas percepciones relativas a uno mismo, las relativas a su relación con los demás, y los valores y objetivos de la persona. «A medida que el infante interactúa con su ambiente, gradualmente construye conceptos acerca de sí mismo, acerca del ambiente, y acerca de sí mismo en relación con el ambiente. Aunque estos conceptos son averbales y pueden no estar presentes en la conciencia, esto no obstaculiza su funcionamiento como principios orientadores, como lo ha mostrado Leeper» (54, pág. 423).

Esta imagen o «concepto de sí mismo» es, como vimos anteriormente, una configuración de percepciones conscientes de uno mismo, y se va a erigir poco a poco en criterio de la selección perceptual del individuo, y en principio regulador de su conducta. A la evaluación organísmica de los primeros momentos, le va a sustituir una evaluación más compleja que tiene como criterio al «concepto del sí mismo». De modo que esta parte del campo fenoménico, conocida como «concepto o idea de sí mismo» va a tener funciones importantes dentro de la vida psíquica.

Este «concepto de sí mismo», que en un principio es una consciencia de funcionar organísmicamente, y, por tanto, se funda totalmente en la vida orgánica del niño, va a ir poco a poco alejándose de la misma, y va a erigirse en sistema rival del organismo. La dinámica de la vida psíquica va a centrarse en torno al conflicto o rivalidad entre estos dos sistemas. Por una parte, el «concepto de sí mismo» va a tratar de preservar su estructura frente a las amenazas procedentes del mundo externo, aún a costa de las propias sensaciones orgánicas. Por otro, el organismo, empujado por la tendencia actualizante, se verá impelido a la satisfacción de sus necesidades, con el consiguiente perjuicio para el «concepto del sí mismo». En esta lucha, en esta alienación de ambos sistemas, se hallará el núcleo de la inadaptación psicológica, tal como la considera Rogers. Veamos con detenimiento el camino que sigue la persona hasta llegar a tal estado de disociación o incongruencia.

El desarrollo de la disociación entre organismo y «self»

Se recordará que en el «concepto de sí mismo» se hallan incluidos también los valores de la persona. En el caso del niño, al comienzo estos valores son los que proceden del proceso de evaluación directa. Pero esta simplicidad no va a durar mucho, ya que enseguida este cuadro va a complicarse con la introducción de otros valores procedentes del exterior, y a consecuencia de ésto, «los valores ligados a las experiencias y los valores que son parte de la propia estructura, en algunos casos son valores experimentados directamente por el organismo, y en otros son valores introyectados o recibidos de otros, pero percibidos de una manera distorsionada, como si hubieran sido experimentados directamente» (54, pág. 323).

Es decir, llega un momento en que los valores del niño no son calibrados confone al criterio de su tendencia actualizante, sino conforme a criterios de otras personas o grupos sociales. Al «es bueno pegar a mi hermanito» sucede un «es malo pegarle», producto de una introyección de los criterios de los padres, pero con la particularidad de que éstos son experimentados como si fueran propios. Las valoraciones de los padres entran a formar parte del propio campo perceptual, con la consiguiente negación de los propios valores y la distorsión de otras experiencias. Así se llega a formar un proceso de evaluaciones extrínsecas caracterizado por un poner el «locus de evaluación» fuera del organismo, por fundarse en criterios ajenos a uno mismo, pertenecientes al grupo social o familiar, y no fundados en la evidencia de los propios sentidos, y por ser rígidos y contradictorios.

Pero ¿cómo se llega a este estado de introyección de valores, o de adquisición de unas condiciones de valor? ¿Cuál es el camino que sigue la persona en esta separación de su organismo? Como veremos, comienza con una negación de ciertas experiencias y la distorsión de otras, con el fin de conservar el aprecio de las personas socialmente significativas, y de mantener la incipiente imagen de sí mismo, como se nos dice en 1951. En el momento en que se produce la primera distorsión de la experiencia, y se introyectan valores de otras personas, podemos decir que se sientan las bases de un «concepto de sí mismo» poco realista y falso, por cuanto que no coincide con la experiencia. Veamos con más detalle las dos versiones de este proceso de alienación propuestas por Rogers.

  1. Introyección de valores.— En 1951 el distanciamiento de la experiencia comienza en el momento en que el niño introyecta una serie de valores de sus padres con el fin de defender o preservar su incipiente «concepto de sí mismo». Una de las primeras percepciones constitutivas del sí mismo es la de ser digno del amor de los padres. El niño «se percibe a sí mismo como amable, digno de amor, y su relación con sus padres es de afecto» (54, pág. 423). Junto con este concepto inicial de sí mismo, existe una serie de experiencias orgánicas que el niño siente con satisfacción y valora positivamente. Por ejemplo, experimenta placer en pegar a su hermanito y, por tanto, esta experiencia es valorada de modo positivo. Pero pronto choca con la reacción de sus padres, los cuales no opinan lo mismo y le condenan o rechazan por pegar a su hermanito. Porque lo ordinario es que le reprendan y le digan «no hagas esto», «no seas malo». Los valores incipientes del niño entran en conflicto con los valores de los padres. Pero además, la reacción de los padres constituye una amenaza para el «concepto de sí mismo» del niño. «Eres malo», luego no «eres digno de amor». Ante el dilema de conservar su propia imagen de persona digna del amor de sus padres, o mantener sus propios valores y satisfacciones organísmicas a costa de su «sí mismo», el niño optará por lo primero, y tenderá a toda costa a defender su imagen propia. Para ello tendrá que negar ciertas experiencias, especialmente los sentimientos de satisfacción procedentes del pegar a su hermanito, y distorsionar la experiencia que tiene de sus padres con el fin de apropiarse de sus criterios y valores. En lugar de percibir que quienes no valoran positivamente su conducta son sus padres, llegará a distorsionar su percepción de tal modo que haga suyo y perciba como propio el rechazo de los padres. No son ellos quienes desaprueban su conducta, es él mismo el que la siente rechazable. «La simbolización exacta sería: "Percibo que mis padres experimentan que esta conducta es insatisfactoria para ellos". La simbolización distorsionada:. para preservar el "concepto del sí mismo" amenazado es: "Yo percibo que esta conducta es insatisfactoria"» (54, pág. 424).
    De este modo, las actitudes de otras personas llegan a experimentarse como propias y fundadas en el propio equipo sensorial y visceral. Como puede apreciarse, esto se hace a costa de distorsiones. La expresión de cólera llega a experimentarse como algo malo, cuando más exacto sería percibirla como algo gratificante para el organismo. Y no se permite a esta percepción entrar en la conciencia. «En consecuencia, "quiero a mi hermanito" queda como la pauta que pertenece al "concepto del sí mismo", porque es el concepto de la relación que se introyecta de los demás a través de la distorsión de la simbolización, aún cuando la experiencia primaria contiene muchas gradaciones de valor en la relación, desde "me gusta mi hermanito" hasta "¡lo odio!". De esta manera los valores que el bebé vincula con la experiencia se divorcian de su propio funcionamiento orgánico, y evalúa la experiencia en términos de las actitudes de sus padres…» (54, pág. 424).
    El «concepto del sí mismo» formado sobre esta distorsión de los datos sensoriales y viscerales, y por tanto, extraño a la experiencia del organismo, se constituye en estructura que el niño ha de preservar y defender de toda amenaza, comienza a erigirse en criterio regulador de la conducta. Las experiencias, los valores, las conductas no se evalúan conforme al organismo, sino conforme a su relación con este «concepto de sí mismo».
    «El concepto del sí mismo» va forjándose por tanto, a partir de este doble sistema. Por un lado las experiencias directas del individuo, y por otro aquellas simbolizaciones distorsionadas de experiencias incompatibles con él que tienen como resultado la introyección de valores ajenos. De ambas fuentes emerge la «estructura del sí mismo». Tal es el curso ordinario del desarrollo que desemboca en el «concepto del sí mismo» adulto, y que en parte se compone de percepciones relativas a uno mismo distorsionantes de la verdadera experiencia. Precisamente en esta discrepancia entre lo que acontece a nivel orgánico y las percepciones conscientes de uno mismo, es donde está el núcleo del conflicto psíquico.
    Como puede verse, en sus orígenes hay una actitud de no aceptación total por parte de los padres. Sus evaluaciones extrínsecas, y hechas desde su propio punto de vista, son las que han obligado al niño a prescindir de sus experiencias orgánicas y crearse una imagen falsa de sí mismo. Pero, ¿qué ocurriría en el caso ideal en que el padre o la madre aceptase genuinamente los sentimientos de satisfacción orgánica del niño, tuviese una aceptación total de toda su persona y aceptase también sus propios sentimientos? «El niño en esta relación no experimenta amenazas a su "concepto de sí mismo" como persona amada. Puede vivenciar plenamente y aceptar como parte suya sus sentimientos agresivos hacia su hermanito. Puede experimentar plenamente la percepción de que a la persona que lo ama no le agrada su acción de pegar…» (54, pág. 426). Su conducta resultante dependerá del conjunto de la situación, será la conducta adaptativa de un individuo único que se autodirige. Será realista y tendrá en cuenta todos los elementos de la situación. Su «concepto de sí mismo» no se ve amenazado, y, por tanto, no necesita distorsionar sus percepciones para protegerlo. «En lugar de ello mantiene un yo seguro que puede servirle para orientar su conducta, admitiendo libremente en la conciencia, con una exacta simbolización, todas las pruebas relevantes de su experiencia en términos de sus satisfacciones orgánicas, tanto inmediatas como de largo alcance. De esta manera, se desarrolla un yo profundamente estructurado en el que no hay rechazo ni distorsión de la experiencia» (54, pág. 426).
    Pero semejante situación es algo ideal, ya que la realidad es distinta, y en casi todo el conjunto de los mortales el «concepto del sí mismo» se constituye a base de distorsiones de las experiencias e introyecciones de valores ajenos.
  2. El desarrollo de las condiciones de valor.— En 1959 aparecen algunas modificaciones en esta teoría. En lugar de hablarse de una necesidad de preservar el self para explicar la necesidad de introyectar otros valores ajenos al organismo, se habla de una necesidad de consideración positiva, y este concepto acuñado por Standal (475) viene a substituir al anterior. Asimismo tampoco se habla de valores «introyectados», sino de «condiciones de valor». Pero, hablando en términos generales, esta nueva teoría peca de artificiosidad, y no parece aportar grandes cambios con respecto a la anterior. De modo que no resulta extraño la poca importancia atribuida posteriormente por Rogers a esta modificación de su teoría. En realidad, cuando pase el furor sistematizador de esta época, Rogers recurrirá simplemente a una necesidad de amor en el niño para explicar las primeras distorsiones de la experiencia.
    Pero en 1959 Rogers pone el comienzo de la disociación psíquica en el desarrollo en el niño de una necesidad de ser considerado positivamente por sus padres. Es una necesidad universal, insistente y pervasiva, pero no innata»3.
    El niño tiene necesidad de ser amado por sus padres y busca satisfacer esta necesidad buscando el amor de sus padres. Debido al carácter absoluto de la misma, la necesidad de ser amado por los padres puede convertirse en una necesidad más fuerte que incluso las necesidades biológicas de conservación. Como dirá Rogers, «la expresión de consideración positiva por parte de una persona-criterio puede llegar a ser más obligante que el proceso de evaluación organísmica, y el individuo puede llegar a depender más de la consideración positiva de tales personas, que de las experiencias positivas para la actualización del organismo» (92, pág. 224).
    Ahora bien, ¿cómo puede llegarse a semejante situación? Esto sucede en el momento en que el niño necesita considerarse positivamente a sí mismo, y cuando esta necesidad, debido al amor condicional y no pleno de los padres, se convierte en una necesidad no incondicional, sino condicional. El niño, después de desarrollar una necesidad de amor, desarrolla una necesidad de amarse a sí mismo íntimamente ligada a la necesidad anterior. Llega a amarse a sí mismo del mismo modo como cree ser amado por los padres, pero independientemente de los mismos.
    De manera que si estos habían observado con respecto a su conducta una actitud no aceptativa, el niño, en virtud de esta nueva necesidad de autoestima, no permitirá dentro de sí aquellas experiencias que vayan en contra de la misma. Ya no vive pendiente de la aprobación de sus padres, sino más bien vive pendiente de su propia aprobación.
    En el momento en que esto sucede, cuando esta necesidad de considerarse positivamente a sí mismo es una necesidad condicional, es decir, establece diferencias, entonces podemos decir que ésta se hace dependiente de las condiciones de valor impuestas por las personas criterio. Cuando los padres valoran discriminativamente las experiencias de su hijo, aceptando unas y reprobando otras, el niño terminará valorando sus experiencias conforme a la relación de las mismas con la necesidad de apreciarse positivamente a sí mismo. Aquellas experiencias que no contradigan tal necesidad, y por tanto no hieran la propia autoestima, serán consideradas satisfactorias. En cambio, las que destruyan esta imagen o autoestima de sí mismo, terminarán por ser rechazadas independientemente de la consideración de su valor auto actualizante. Cuando esto se produce, es decir, cuando el niño busca o evita determinadas experiencias únicamente por ser dignas o no serlo de su propia consideración positiva, entonces podemos decir que se han establecido unas condiciones de valor.
    De esta manera se llega a una situación parecida a la expuesta anteriormente. El niño introyecta valores ajenos. El niño no busca ya la actualización de su organismo, sino la satisfacción de su propia necesidad de autoestima. Actúa conforme a valores introyectados. «Ahora acepta o evita determinadas conductas únicamente en virtud de estas condiciones introyectadas en la consideración de si mismo, sin referirse para nada a las consecuencias organismicas de tales conductas» (92, pág. 225).

La diferencia entre ambas explicaciones es únicamente terminológica. En el fondo, la raíz o núcleo de la disociación entre el organismo y la experiencia por un lado, y el concepto del si mismo por otro, radica en la adopción de unos valores extraños al organismo impuestos por la necesidad de conquistar el aprecio de unos seres queridos —los padres— los cuales se muestran discriminativos a la hora de apreciar al niño. Cuando éstos no aceptan totalmente a sus hijos, éstos tendrán que renunciar a sus propias satisfacciones con vistas a mantener un amor paterno que con el tiempo se ha identificado con su propio amor. Por tanto, necesitarán renunciar a sus propias experiencias para seguir siendo amados por los padres.

El desarrollo de la incongruencia

Desde el mismo momento en que se establecen estas condiciones de valor con respecto a las propias experiencias, el niño comienza a construir su concepto de sí mismo sobre una base distinta de sus experiencias organísmicas. El yo comienza a disociarse del organismo. Lo cual supone una disociación en el campo perceptual del individuo, una represión de ciertas experiencias, y una nueva valoración de las experiencias dictada por el «concepto del sí mismo». En una palabra, se desarrolla un self opuesto y contrario a las experiencias. Veamos algunos elementos de este desarrollo.

  1. Organización del campo perceptual.— El naciente «concepto del sí mismo» va a consumirse en el tamiz o filtro por el que han de pasar las experiencias antes de ser simbolizadas en la conciencia. Conforme a su relación con él, las experiencias serán simbolizadas de distintas formas, y en consecuencia, las leyes que regulen la selección de las percepciones serán dictadas por él. En este sentido, el «concepto del sí mismo» desempeña una función muy importante en la organización del campo perceptual.
    En 1951, la organización de las percepciones de la persona es considerada en los siguientes términos: «A medida que se producen experiencias en la vida del individuo, estas son: a) simbolizadas, percibidas y organizadas en cierta relación con el «sí mismo»; b) ignoradas porque no se percibe ninguna relación con la «estructura del sí mismo»; c) se les niega la simbolización o se las simboliza distorsionadamente porque la experiencia no es compatible con la «estructura del sí mismo» (54, pág. 426).
    El primer grupo lo constituyen las experiencias concordes con el concepto del sí mismo, o con las condiciones de valor, las cuales tienen pleno acceso a la conciencia.
    El segundo grupo es el de aquellas experiencias ignoradas por no percibirse su relación con el «concepto del sí mismo», pero que, de suyo, podrían acceder a la conciencia. Se trata de todas aquellas experiencias que permanecen en el fondo del campo fenoménico, y que son ignoradas porque ni contradicen ni afirman al concepto «de sí mismo», ni tampoco sirven para satisfacer ninguna necesidad.
    El tercer grupo de experiencias es el más interesante «porque en este campo se encuentran muchos fenómenos de la conducta humana que los psicólogos han intentado explicar» (54, pág. 427). Se trata de las experiencias negadas o distorsionadas mediante unos mecanismos que son calificados por otras escuelas con el término de represión. Prescindiendo de aquellos casos en que la negación se hace de modo totalmente consciente, vamos a detenernos en este importante grupo de experiencias.
  2. La represión. Rogers admite este fenómeno, aunque la explicación del mismo no coincida en absoluto con la freudiana. «Hay un tipo de rechazo más significativo, que es el fenómeno que los freudianos han tratado de explicar mediante el concepto de represión. En este caso parecería que se produce la experiencia orgánica, pero no la simbolización de esta experiencia, o solo una simbolización distorsionada» (54, pág. 428).
    El hecho de la represión es admitido por Rogers desde sus comienzos. Al principio hablará genéricamente de represión de impulsos y actitudes, y el «insight» se concebirá precisamente como una comprensión de los mismos (13, pág. 162). El «insight» comporta un reconocer y aceptar el «sí mismo» espontáneo, lo cual supone que el cliente «se ve sin defensas y gradualmente reconoce y admite su sí mismo real con sus pautas infantiles, sus sentimientos agresivos y sus ambivalencias». En terapia, se nos dirá en otra ocasión, el cliente «se hace capaz de afrontar sin racionalización ni negación los diversos aspectos de sí mismo —sus gustos y disgustos, sus actitudes hostiles, así como sus aspectos positivos, sus deseos de dependencia y también los de independencia, sus conflictos y motivaciones no reconocidos, etc.» (21, pág. 71). En una palabra, en la terapia el cliente llega a ver con realismo toda la realidad escondida tras su fachada.
    Pero hasta 1950 no encontramos explicitados los dos mecanismos fundamentales de la represión, a saber, el rechazo de ciertas experiencias, y la distorsión de la simbolización de otras (48, pág. 379): «Cuando la "estructura del sí mismo" llega de este modo a formarse en parte sobre una distorsión o negación de la evidencia sensorial relevante, se hace también selectiva en su percepción».

Como Rogers no especifica otra clase de mecanismos defensivos, vamos a ver con más detalle estos dos por él propuestos. Veamos primero el caso en que existe una experiencia en el organismo, pero cuya simbolización no llega a efectuarse. Los ejemplos aducidos por Rogers suelen referirse a experiencias sensoriales y viscerales. Así, por ejemplo, pueden negarse la existencia de fuertes impulsos sexuales, de sentimientos de hostilidad a los padres, en cuyo caso, «orgánicamente experimenta los cambios fisiológicos concomitantes a la cólera, pero su yo consciente puede impedir que esas experiencias sean simbolizadas, y, por lo tanto, percibidas conscientemente» (54, pág. 428).

En otros casos, quizá en la mayoría (cfr. 92, pág. 205) las experiencias no son totalmente negadas, y entran en la conciencia de modo muy distorsionado. Se trata del otro gran mecanismo defensivo llamado distorsión de la experiencia. Así, por ejemplo, las sensaciones orgánicas de hostilidad pueden transformarse en la percepción de un dolor de cabeza, o el antagonismo hacia otra persona puede transformarse en un mareo, etc. Este es el caso de una mujer que sufre fuertes mareos cuando está en compañía de otras personas. Rogers lo explica del siguiente modo:

«Si examinamos esta secuencia desde un punto de vista psicológico parecería claro que ella ha experimentado visceralmente sentimientos de oposición hacia su esposo. El elemento crucial que falta es la simbolización adecuada de estas experiencias» (54, pág. 136).

Ahora bien, ¿cuáles son los criterios conforme a los cuales se establece esta negación o distorsión? ¿Qué es lo que se reprime? La respuesta a esta cuestión es clara y tajante: el criterio de la represión es impuesto por el «concepto del sí mismo». Se reprimen las experiencias en función de su incompatibilidad con él. No se reprime necesariamente todo aquello que es malo, sino únicamente aquello que se opone a nuestra imagen propia. El criterio de la represión lo suministra la consistencia o no consistencia con el self. Al menos, esta es la experiencia clínica de Carl Rogers.

«Nuestra experiencia clínica nos dio otro indicio del modo cómo funcionaba el "sí mismo". El concepto convencional de la represión, considerada en relación con los impulsos prohibidos o tabúes sociales, no se ajusta a los hechos. Frecuentemente los impulsos y sentimientos más profundamente negados eran sentimientos positivos de amor o ternura o confianza en uno mismo. ¿Cómo podía explicarse ese preocupante conglomerado de experiencias que, al parecer, no eran permitidas en la conciencia? Gradualmente fue reconociéndose que el principio importante era el de la consistencia con el self. Las experiencias que eran incongruentes con el concepto que de sí mismo tenía el individuo tendían a ser rechazadas de la conciencia cualquiera que fuese su carácter social. Comenzamos a considerar al self como criterio mediante el cual el organismo arrojaba experiencias que no podían ser admitidas confortablemente en la conciencia. El librito postumo de Lecky reforzó esta línea de pensamiento» (92, pág. 292).

Estos párrafos rogerianos ilustran Perfectamente su concepción de la represión y de lo reprimido. Frente a Freud, quien, como vimos, asigna un carácter inmoral a los contenidos del inconsciente, Rogers se erige nuevamente en defensor de una concepción distinta. Lo reprimido no es necesariamente lo inconfesable y perverso. Podemos también reprimir sentimientos e impulsos positivos. Lo reprimido, por tanto, es aquello incompatible con la imagen previa de nosotros mismos.

En lo que se refiere a la instancia que ejerce la represión, el pensamiento de Rogers aparece también bastante claro. A pesar de sus ambigüedades terminológicas de los primeros escritos, las cuales pusimos enteriormente de relieve(4), no hay una instancia represora particular, sino que es el organismo quien expulsa las experiencias de la conciencia. La única fuerza dinámica es la tendencia actualizante del organismo, y no es preciso recurrir a otras fuentes de energía distintas a la misma. El self no es ningún agente activo, a la manera del ego freudiano, sino simplemente un filtro o tamiz a través del cual actúa la tendencia fundamental del organismo. Admitir su existencia, no supone por otra parte, la admisión de un «alma» o facultad interna distinta del organismo.

Indice:

Acerca de este documento:

Autor: José M. Gondra Rezóla. "La psicoterapia de Carl R. Rogers. Sus orígenes, evolución y relación con la psicología científica" Capítulo V. Ed. Desclie de Brouwer, 1981.

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