7. La teoría de la personalidad: Resumen

Después de haber estudiado con detalle los diversos aspectos de la teoría, vamos a resumirla tan brevemente como sea posible. Se trata de una teoría fundada en la experiencia clínica de Carl Rogers, y que busca con ahínco una confirmación empírica conforme a los módulos de la ciencia psicológica. Pero al adoptar un punto de vista fenomenológico, y por tanto subjetivista, lleva dentro de sí una fuerte dosis de anticientifismo. Esto agudizará, como veremos en capítulos posteriores, el conflicto entre lo científico y lo subjetivo presente en Rogers desde sus primeros comienzos, y, en todo caso, será un signo de su carácter contradictorio.

Por otra parte, es una teoría eminentemente práctica: está orientada a describir y explicar lo sucedido en la terapia de Carl Rogers. De ahí que sea incompleta, y no tenga pretensiones estructuralistas ni tampoco pretenda ofrecer una visión totalizante de toda la personalidad. Se concentra en los aspectos de la misma relacionados con el cambio terapéutico, y no en la estructura de la personalidad. En este sentido, es una teoría dinámica.

La teoría está construida en torno a dos conceptos o nociones fundamentales: el «concepto del sí mismo», o imagen subjetiva de nosotros mismos, y el «organismo», o totalidad organizada de la psique y el soma. Estos dos conceptos claves sirven para situar a la teoría rogeriana dentro de dos corrientes importantes de la psicología: la tradición fenomenológica importada a los Estados Unidos por Snygg y Combs, y la tradición organísmica representada por Goldstein, Angyal y otros psicólogos humanistas americanos. Rogers toma muchos elementos de estas teorías, así como también de otras teorías menos importantes, y les da la impronta de su propia personalidad, es decir, los combina con una gran simplicidad y optimismo. La teoría resultante, en consecuencia, cae dentro de la tendencia humanística o «tercera fuerza» de la psicología americana. El organismo humano es concebido por Rogers como una totalidad organizada de experiencias, las cuales se constituyen en un campo fenoménico regido por las leyes de la Gestalt. El organismo es dinamizado por una tendencia fundamental, el impulso hacia la actualización o autorrealización, y al mismo tiempo está dotado de un sistema regulador mediante el cual dirige su conducta hacia la satisfacción de las necesidades derivadas de ese impulso básico.

El «concepto del sí mismo» es un constructo fenomenológico. No es un «yo» agente —en sentido psicoanalítico—. Es una porción del campo perceptual que va formándose a medida que la persona interactúa con el medio ambiente. Es la propia imagen fenoménica del sujeto. Contiene las percepciones, valores e ideales del individuo, organizadas en una configuración o gestalt que tiene la particularidad de ser totalmente consciente.

Dentro de la dinámica de la personalidad, el «concepto del sí mismo» tiene la función de seleccionar las percepciones del individuo y regular la conducta del mismo. El principio conforme al cual se rechazan o admiten las experiencias en la consciencia es el de su consistencia o congruencia con la «imagen de uno mismo». Aquellas experiencias coincidentes con el self son aceptadas en la conciencia. Las que no lo sean pueden seguir un doble camino: o bien ser distorsionadas, o bien ser totalmente negadas.

En el curso ordinario del desarrollo de la personalidad, no suele darse una consistencia o coherencia plena entre el «concepto del sí mismo» y las experiencias del organismo. Al contrario, la persona suele desarrollar un estado de incongruencia, o lo que es lo mismo, se divorcia de su realidad orgánica. El conflicto reside en los primeros años de la infancia aunque no se especifica cuándo. Debido a las actitudes evaluativas y poco aceptativas [sic] de los padres, el niño, impulsado por una necesidad que primero es de conservar el amor paterno, y luego de conservar su propia autoestima, desarrolla unas condiciones de valor o introyecta unos valores ajenos como si fueran propios, y se ve forzado a rechazar ciertas experiencias satisfactorias y a distorsionar la simbolización de otras. A partir del momento en que se produce la primera distorsión de la experiencia, comienzan a sentarse las bases para la posterior incongruencia o discrepancia entre el organismo y el «concepto del sí mismo». Este último va distanciándose cada vez más de las experiencias reales de la persona, y los valores organísmicos van siendo substituidos por otros valores extrínsecos recibidos de los demás.

En consecuencia, la conducta ya no intenta satisfacer las necesidades del organismo, sino que se hace defensiva, es decir, intenta preservar la rígida «estructura del sí mismo», y, en consecuencia, la tendencia actualizante no puede llevar a cabo la actualización del organismo y es desviada hacia direcciones perversas. Se produce entonces la inadaptación psíquica. La persona que vive en tal estado de incongruencia o de disociación es una persona que vive en estado de tensión. Frente a la amenaza que le proporcionan las numerosas experiencias expulsadas de su conciencia, reaccionará con angustia y conductas defensivas. Necesitará de una psicoterapia, la cual intentará restablecer la congruencia entre el organismo y el self, mediante una reorganización de este último.

De esta manera, la terapia centrada en el cliente recibe una explicación coherente. El terapeuta, con vistas a facilitar esta reorganización, tendrá que poner unas condiciones de aceptación y comprensión que subsanen de algún modo la falta de las mismas durante las primeras experiencias de la infancia del cliente. Creando una atmósfera de libertad y seguridad, facilitará al cliente el liberarse de la amenaza y explorar sus propias experiencias. Comprendiendo al cliente, podrá facilitar la reorganización de todas sus experiencias en torno a un self más amplio, dúctil y maleable.

La teoría de la personalidad concluye, por tanto, con los resultados de la psicoterapia, resultados que ya fueron estudiados en el capítulo anterior. Es una teoría al servicio de una psicoterapia, y no hay que buscar en ella ninguna otra cosa ajena a la misma. Sus méritos y sus defectos, son los mismos que los de la terapia del Carl Rogers.

Indice:

Acerca de este documento:

Autor: José M. Gondra Rezóla. "La psicoterapia de Carl R. Rogers. Sus orígenes, evolución y relación con la psicología científica" Capítulo V. Ed. Desclie de Brouwer, 1981.

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