Acerca de ser terapeuta; de Carl Rogers

La práctica de la psicoterapia, como la de toda profesión que hace intervenir un factor humano importante, requiere dos clases de competencia: una formación especial y ciertos atributos personales. La primera es considerada, generalmente, como primordial, lo que se comprende fácilmente. Por muy atrayente que sea la personalidad del cirujano, del dentista o del sastre, no atraerá la clientela más que si dicha personalidad iguala su competencia profesional. Sin embargo, existe una profesión en la que parece que las cosas ocurren de otro modo, es la psicoterapia. Cuanto más aumenta la experiencia en este terreno, más nos darnos cuenta de que la personalidad del terapeuta es más importante que su formación profesional. Aunque los terapeutas evolucionan cada vez más en este sentido, no lo mencionan apenas. En realidad, la cosa parece más bien intimidarles. En nuestra era científica, la confestón de la subordinación de la formación teórica y técnica a las cualidades personales tiende a colocar a una profesión bajo un ángulo poco favorable. Y el terapeuta contemporáneo se preocupa mucho por consolidar el estatuto y el prestigio un poco especiales de su profesión. Por eso evita las declaradones que tenderían a hacer aparecer su trabajo como un arte, es decir, como algo esencialmente subjetivo o intuitivo.

La idea de la primacía de las cualidades personales es reconocida por los rogerianos más, probablemente, que por cualquier otra escuela de terapeutas. A este respecto, apenas se muestran reticentes. Esta mayor libertad de expresión se explica, quizá, por el hecho de que su escuela está reconocida, sobre lodo, por haber introducido la investigación en el terreno de la psicoterapia. Este fundamento científico1, por provisional e incompleto que sea, les ofrece, sin embargo, una protección contra el reproche de “diletantismo” que se dirige a veces al trabajo del terapeuta de cualquier escuela.

El desplazamiento del acento en la valoración de las calificaciones del terapeuta no implica en absoluto un descenso del interés por su formación. Si la hipótesis de la primacía de las cualidades personales se confirmara un día de modo objetivo, de ello no se seguiría una disminución en el interés por la formación, sino una reorientación y, probablemente, una unificación de los programas. En vez de cargar al futuro profesional con un bagaje cada vez más vasto de conocimientos especializados —que, a veces, se refieren muy poco al campo de las relaciones interpersonales terapéuticas— podríamos dedicarnos mucho más a desarrollar las dimensiones afectivas y morales de su potencial humano. A este respecto, es interesante notar que, al menos en el medio rogeriano, la formación evoluciona en este sentido, englobando una variedad de actividades que tienden a desarrollar la responsabilidad y la creatividad personales y sociales,

A propósito de calificaciones personales, una cuestión que se plantea frecuentemente, tanto en relación con la psicoterapia en general como con el enfoque rogeriano, es la siguiente: ¿El ejercicio de esta clase de trabajo requiere un cierto tipo de personalidad o cualidades personales “superiores”?

No se puede responder más que con opiniones. Respecto a la cuestión de los tipos de personalidad, lejos de poder dar una respuesta válida, no disponemos siquiera de una definición adecuada de la noción de tipo. La observación corriente muestra que entre los terapeutas hay una enorme variedad de personalidades tanto entre los que son reconocidos como excelentes, como entre los que parecen tener menos éxito. Puede ser que, en un futuro, la investigación —mucho más rigurosa que la que se lleva a cabo en el estado actual de las técnicas de investigación— revele la, existencia de factores de personalidad comunes en los representantes de un enfoque determinado. Mientras tanto, es sensato suponer que, ante la gran variedad de enfoques, una cierta selección se opera automáticamente entre los candidatos al ejercicio de cada uno de ellos. Parece lógico admitir que la personalidad del que, por ejemplo, asume la tarea casi sobrehumana de “explicar al cliente cómo es él mismo”, difiere, sensiblemente de la personalidad del profesional que se considera como un simple intermediario, es decir, un catalizador. Pero de ahí a concluir que las diversas terapias se practican por “tipos” diferentes, hay una gran diferencia.

En cuanto a saber si el ejercicio de la psicoterapia exige cualidades “superiores”, esta cuestión plantea claramente un problema de valores. Es decir, que se plantea en un plano muy subjetivo. A este respecto, aclaremos que la insistencia de los rogerianos sobre la importancia de la personalidad no implica ninguna exigencia de superioridad. Probablemente el actuar con cualidades verdademriente superiores no podrá dejar de tener efectos favorables, se ejerzan éstas donde se ejerzan. Sin embargo, en un plano práctico, hay muy pocas cualidades que puedan pretender ser universalmente superiores, es decir, primordiales en todas las situaciones. Así, la firmeza, la flexibilidad, la moderación, la originalidad, una voluntad a toda prueba, una visión amplia, el olvido de sí mismo, representan cualidades muy dignas de respeto. Pero su superioridad no vale más que en ciertas situaciones en que se requiere su puesta en práctica. Por eso decimos que la noción de “superior” no tiene utilidad en el contexto presente.

Por otra parte, si el término “superior” se torna en el sentido de “extraordinario”, de “impresionante”, de “magnético”, etcétera, la respuesta en cuanto a la utilidad de atributos de este género parece más bien negativa. Por ejemplo, las cualidades absolutamente extraordinarias que ciertos biógrafos y amigos de terapeutas de renombre tienden a atribuir a estos últimos parecen constituir una dificultad más que una ventaja. El terapeuta de talla, tan claramente imponente, corre el riesgo de ejercer un efecto aplastante sobre el cliente, típicamente obsesionado por sentimientos de inferioridad, reales o aparentes. Tal contraste de formato humano puede llegar a engendrar una transferencia de una naturaleza casi metafísica de la que el cliente puede llegar a no liberarse jamás.

A propósito de transferencia, aunque el rogeriano evite hacer mención de ella, tampoco la niega en tanto que manifestación aguda, infantil, de dependencia. De todos modos, la transferencia apenas se produce en el marco de un enfoque verdaderamente centrado en el cliente. Desde luego, prácticamente, todo cliente sufre de tendencias profundas a la dependencia. Ese es precisamente uno de los elementos fundamentales de su problema. Pero tales tendencias no se desarrollan en el sentido de transferencia, sino bajo la influencia de una cierta actitud y un cierto tratamiento por parte del terapeuta. Si el terapeuta adopta un papel de autoridad o una actitud de superioridad, el cliente reaccionará, de modo natural, por una actitud de sumisión y de dependencia. Dicho de otro modo, si uno se pone a hacer de “padre”, el otro se pondrá a hacer de “hijo”. Por el contrario, si el terapeuta se presenta como un igual, el cliente tenderá a responder como igual, si no inmediatamente, al menos de modo gradual.

Precisemos que la actitud nefasta de superioridad no toma necesariamente formas groseramente manifiestas, pretenciosas o condescendientes. Puede proceder de una conducta extremadamente sencilla, cuando ésta se da en una situación que se presta a la percepción de relaciones de superioridad-inferioridad, como es el caso en la terapia. Así, al concederse la prerrogativa de plantear cualquier cuestión, de juzgar el valor racional, moral o práctico de las cosas que le confía el cliente, incluso de guardar un silencio largo y observador, el terapeuta puede producir una impresión de superioridad indudable. Según el rogeriano tal impresión es directamente contraria a la activación de las fuerzas de crecimiento. En la medida en que el terapeuta afirma su superioridad, el cliente experimenta su inferioridad, o lo que él entiende por tal.

Si la práctica de la terapia rogeriana no presupone ni personalidad especial ni talentos superiores, requiere, sin embargo, ciertos atributos sin los cuales no podría pretender ser “client-centered”. Estos atributos son: la capacidad empática, la autenticidad y una concepción positiva y liberal del hombre. Además, hacen faltados cualidades de las que, probablemente, ningún terapeuta, cualquiera que sea su afiliación teórica, podría prescindir: éstas son un grado elevado de madurez emocional y de comprensión de sí mismo.

I. La capacidad empática

El término “empatía” ha sido creado por la psicología clínica para indicar la capacidad para sumergirse en el mundo subjetivo de los demás y para participar en su experiencia en la medida en que la comunicación verbal y no verbal lo permita. En términos más sencillos, es la capacidad de ponerse verdaderamente en el lugar de otro, de ver el mundo como él lo ve.

Si esta capacidad es útil a todo terapeuta, es indispensable para el rogeriano. Recordemos que el papel de éste consiste en captar y en reflejar la significación personal de las palabras del cliente, mucho más que en responder a su contenido intelectual. Para tener éxito en esta tarea, es preciso que el profesional sepa hacer abstracción de sus propios valores, sentimientos y necesidades y se abstenga de aplicar los criterios realistas, objetivos y racionales que le guían fuera de su interacción con sus clientes.

Esta sensibilidad alterocéntrica que es la empatía, parece estar determinada por convicciones, necesidades e intereses, profundamente anclados en la organización personal. Sin duda, prácticamente, como cualquier cualidad, ésta es susceptible de desarrollo. Sin embargo, su adquisición parece exigir una cierta modificación de toda la personalidad. -Pues el comportamiento empático no se puede adoptar a voluntad según las necesidades del momento. Todos nosotros somos capaces de actuar temporalmente de un modo tolerante, generoso, comprensivo, cuando la situación lo pide o nuestros intereses lo exigen. Pero no pasa lo mismo con la empatía. No podemos mostrarnos más empáticos de lo que somos, del mismo modo que no podemos mostrarnos más inteligentes. Así como un aparato de radio no capta la onda corta más que si está construido de cierto modo, un individuo no es capaz de empatía si interiormente no está organizado de un cierto modo. Para acrecentar su poder de empatía tiene que reorganizar, en cierta medida, el sistema de sus necesidades, intereses y valores.

Prácticamente, toda situación social nos da la ocasión de observar quién está dotado de esta sensibilidad social y quién no lo está. El que no se da cuenta de que ciertas palabras agradan o causan pena, el que no reconoce las necesidades de los demás, la dirección de sus intereses o la naturaleza de sus preocupaciones, tiene pocas disposiciones naturales para tener éxito en la práctica de una terapia centrada en el cliente. Por el contrario, el individuo que es receptivo a las reacciones del otro, que percibe los tonos positivos o negativos inherentes a las relaciones que tiene con las personas de su alrededor, que reconoce el antagonismo, profundo que puede ocultarse bajo un desacuerdo en apariencia fortuito, el que es capaz de reconocer al niño que no es feliz en una clase, el que reconoce los matices sutiles que revelan la calidad de las relaciones entre padres e hijos, o entre esposos, esta persona tiene lo necesario para embarcarse en unas relaciones interpersonales profundamente significativas y, por lo tanto, terapéuticas.

II. Empatía, simpatía e intuición en el diagnóstico

Estas tres nociones se emplean con demasiada frecuencia y erróneamente de modo indistinto.

La diferencia entre empatía y simpatía es importante pero difícil de describir. Estos sentimientos se parecen en cuanto que representan los dos una resonancia de los sentimientos de los demás. Sin embargo, como la simpatía se refiere esencialmente a las emociones, su campo es más reducido que el de la empatía, puesto que ésta, en cambio, se refiere a la aprehensión de aspectos tanto cognoscitivos como emocionales de la experiencia de los demás. Además, en el caso de la simpatía, la participación del sujeto en las emociones de los demás, se hace en términos de la experiencia del sujeto mismo. Por ejemplo, una persona puede compartir la pena de otra porque las manifestaciones de tal pena evocan cualquier acontecimiento triste de su propia vida. En el caso de la empatía, el individuo se esfuerza por participar en la experiencia del otro, sin limitarse a los aspectos simplemente emocionales. Además se esfuerza por aprehender ésta experiencia a partir del punto de vista de la persona que las experimenta, no a partir delángulo subjetivo.

Sería incorrecto decir que la empatía es objetiva mientras que la simpatía es subjetiva. Las dos representan formas subjetlvas de conocimiento. Pero, en el caso de la empatía, se trata de la subjetividad del otro, en este caso del cliente. El terapeuta participa, pues, del modo más íntimo posible en la experiencia del cliente, aunque siga siendo emocionalmente independiente.

En cuanto a la empatía y a la intuición para diagnosticar son prácticamente opuestas una y otra. Esta última corresponde a una capacidad de descubrir, de analizar y de formular las tendencias y las necesidades inconscientes de los demás. No es una participación en la experiencia consciente del otro, sino una observación y una interpretación de las manifestaciones de esta experiencia. Mientras que la empatía tiende a evitar toda valoración, la función diagnóstica tiende directamente a una valoración de la persona observada. En fin, la capacidad de diagnóstico es una función esencialmente intelectual que se adquiere por medio de una formación profesional especializada, como la del psicólogo clínico, mientras que la empatía se enraiza más bien en la personalidad del que la practica.

III. Autenticidad o acuerdo interno

Estas nociones se refieren al estado de acuerdo que existe entre la experiencia y su representación en la conciencia del individuo “normal”, es decir, que funciona adecuadamente. A primera vista, estas nociones parecen sinónimas de sinceridad. Al principio, Rogers se servía de un término que estaba muy cerca de la noción de sinceridad (genuineness). Pero al traducir su experiencia en conceptos teóricos, se dio cuenta de que este término no convenía a las necesidades más rigurosas de la teoría. En efecto, la sinceridad consiste en hablar o en actuar de acuerdo con la representación consciente, es decir, con la experiencia tal como aparece en la conciencia, no necesariamente tal como se experimenta. Por ejemplo, el individuo que se cree sin prejuicios sociales puede, con toda sinceridad, describirse como quien no tiene prejuicios de esta clase. Sus palabras están de acuerdo con sus sentimientos tal como él los percibe-, aunque no necesariamente tal como se expresan en su conducta. En este sentido particular, todo terapeuta es probablemente sincero. Sin embargo, el acuerdo de que se trata aquí, presupone que no hay error en la percepción de la experiencia, o sea que su representación es auténtica.

De esta definición se sigue que la aprehensión auténtica de sí corresponde muy ampliamente a la comprensión de sí, tal como nosotros la concebimos. Esta comprensión depende directamente del nivel de la angustia. Por lo tanto, cuanto menos sujeto esté el individuo a la angustia, mejor se comprende (o más capaz es para comprenderse mejor). Cuanto mejor se comprende, más en camino está de alcanzar el acuerdo interno de
que aquí tratamos.

De lo precedente se desprende igualmente que la autenticidad, como la empatía, no pueden adoptarse a voluntad. Estas nociones no se refieren a simples formas de conducta, sino a la personalidad misma, tal como se expresa en la acción.

Para que su ayuda sea eficaz el terapeuta no puede, pues, contentarse con actuar:

  • como si experimentara sentimientos calurosos hacia el cliente;
  • como si se pusiera en el punto de vista de éste;
  • como si se abstuviera de juzgar;
  • como si aceptara al cliente tal como es;
  • como si deseara que el cliente tome la dirección de la entrevista etc.

Es preciso que, de una manera general, experimente los sentimientos que manifiesta.

¿Pero es que el terapeuta es siempre capaz de experimentar los sentimientos deseados hacia cada uno de sus clientes? Sucede, en efecto, aunque raramente, que por una razón u otra, se sienta incapaz o de desarrollar o de mantener una actitud de consideración positiva incondicional hacia un cliente dado. En este caso, tiene que tratar de remediarlo, como se explica en el cap. IX: A. 3, págs. 219-224 y en el cap. XI, A y B, págs. 264, 267. Pues la ausencia de la autenticidad conduce a una deterioración de la relación, lo que la hace no sólo ineficaz, sino perjudicial. Con el fin de establecer esta autenticidad, el terapeuta puede tratar de aclarar el problema directamente con el cliente. Si el estado de éste no lo permite, puede discutir la cosa con un colega o con cualquier otra persona capaz de comprender este tipo de dificultad. Si este procedimiento resultara ineficaz, el terapeuta debe arreglárselas, con todas las precauciones necesarias, para enviar al cliente a un colega.

Otra cuestión se refiere a la necesidad de este acuerdo interno. De hecho ¿hay una diferencia observable entre la expresión de sentimientos aunténticamente positivos y el simulacro, benévolo y acertado, de tales sentimientos? Si el terapeuta fuera un buen actor ¿no bastaría?

En primer lugar, la autenticidad facilita la puesta en práctica por el terapeuta de una exigencia muy útil que es la constancia de la conducta. Si el terapeuta no se comporta de modo auténtico, le será difícil, si no imposible, mantenerla a través de las vicisitudes de un proceso que, a veces, es bastante largo.

En cuanto a la diferencia psicológica entre la expresión de sentimientos auténticos y su imitación, sucede probablemente que esta diferencia no es percibida por el sujeto y puede ser incluso imperceptible para un ojo experimentado. Sin embargo, la experiencia nos muestra que, generalmente, se reconoce. Es verdad que no se puede describir siempre en términos objetivos, pues los elementos diferenciales suelen percibirse a un nivel subconsciente, como las experiencias sobre la percepción subliminal (59) tienden a probarlo. Pero el hecho de que el cuente sea incapaz de justificar la impresión de artificialidad que le da el terapeuta, no impide que esta impresión altere la relación entre los interlocutores.

Es una consideración que hasta el momento presente carece de base empírica, pero parece sin embargo bastante verosímil. Se puede creer que la unidad interna característica de la conducta auténtica implica una fuerza o se expresa con una facilidad o con una convicción que falta a la conducta que no tiene esta unidad. (Los datos suministrados por el test psicogalvánico, por ejemplo, apoyan bastante esta hipótesis.)
De todos modos, los adeptos de la terapia relacional están convencidos de que la unidad interna que resulta de la autenticidad tiene un papel, no todavía completamente comprendido, pero, a pesar de todo, decisivo en las relaciones interpersonales.

Una explicación más completa y más sistemática de esta cuestión, es decir, una explicación en términos teóricos, es dada por Carl Rogers en la segunda parte de esta obra.

IV. Concepción positiva y liberal del hombre y de las relaciones humanas

Estas nociones corresponden a tendencias que hacen posible, fácil y eficaz la puesta en práctica de los principios expuestos en el capítulo II. Una vez más, se trata aquí de modos de pensar y de reaccionar que se enraizan en la personalidad y que tienden a expresarse en un estilo de vida. Dicho de otro modo, el entusiasmo por unas concepciones liberales y humanistas o la adhesión nominal a unos ideales de ese tipo no es
suficiente.

Como la naturaleza de estas concepciones ha sido suficientemente descrita más arriba, no parece necesario extendernos más en este tema. Nos falta, sin embargo, responder a una cuestión práctica que se plantea con frecuencia en este contexto: los individuos adultos especialistas actuales o terapeutas futuros— a los que se dirigen estas teorías ¿son capaces de adquirir actitudes que, para muchos de ellos, son directamente opuestas a unos sentimientos y convicciones firmemente enraizadas? Por ejemplo, un individuo de orientación esencialmente autoritaria ¿tiene probabilidades de llegar a alcanzar actitudes esencialmente igualitarias?

En principio, parece que la respuesta tiene que ser afirmativa. La personalidad normal —entendida en un sentido limitado, puramente funcional, como compromiso en un proceso de crecimiento— es un sistema de necesidades y de valores movido por tendencias que tratan de mantener este sistema y por otras que tratan de superarlo. Los que entre nosotros están más o menos “abiertos” a su experiencia, se encuentran inevitablemente comprometidos en un proceso de modificación constante. Por ejemplo, una ocasión fortuita nos pone en contacto con una cosa, material o moral, que nos llama la atención por ciertos aspectos susceptibles de revalorizar nuestro yo. Inmediatamente, el pensamiento y el esfuerzo se dirigen hacia la posesión o la realización de tal cosa: se convierte en un valor para nosotros. Una vez que se ha convertido en un valor, tiene el poder de llamar nuestra atención. Así, nos damos cuenta, cada vez más, de los diversos aspectos bajo los que se manifiesta. El resultado es que aprendemos a conocerla mejor y a amarla mejor. (Este mejor conocimiento puede, evidentemente, conducir también a un repudio del objeto que perseguimos. Pero, de todos modos, una actitud afectiva, positiva o negativa, se enraiza en el sistema de necesidades.) Es decir, que se establece un proceso de identificación; lo que, en principio, era exterior a la personalidad se vuelve parte integrante. Cuando este proceso está alimentado por un esfuerzo consciente, es probable que la asimilación de valores nuevos se haga de un modo mucho más rápido.

Sin embargo, no vayamos a creer que es fácil reorganizar un sistema de actitudes y de valores que se ha desarrollado a lo largo de muchos años, en simbiosis, por decirlo así, con el organismo mismo. Tal “conversión” exige un esfuerzo sostenido de introspección y de reflexión crítica y lleva consigo numerosos ensayos y errores. Bajo condiciones excepcionalmente favorables, tales como el contacto estrecho y relativamente prolongado con personas que han traducido estos principios a su estilo de vida, esta transformación puede hacerse sin que haya apenas esfuerzos conscientes. Sin enbargo, aun en esas condiciones, los progresos pueden ser lentos. Desear no es lo mismo que poseer, aun cuando en el terreno de las actitudes el deseo es el principio de la posesión. Por suerte, la satisfacción que se experimenta cuando se persigue de modo ardiente una cosa, reconocida como un valor, estimula el esfuerzo y favorece el éxito. Por eso, se puede creer que el terapeuta auténticamente comprometido en el esfuerzo de la puesta en práctica de ciertas actitudes, logra tanto éxito en el ejercicio de su profesión como el que ha asimilado dichas actitudes.

Una definición completa de esta noción, admitiendo que fuera posible, exigiría probablemente un volumen.

V. Madurez emocional

La madurez emocional completa, por el hecho de que implica el equilibrio emotivo-racional, parece muy cerca de la perfección humana. Ahora bien, una noción ideal como la perfección tiene poca relación con la finalidad, esencialmente práctiba, que perseguimos aquí. Lo que va a continuación es, pues, una definición fragmentaria, limitada a las exigencias de la interacción terapéutica.

Los aspectos de la madurez emocional que parecen particularmente importantes para el ejercicio del papel del terapeuta son los siguientes: el primero reside en la capacidad de participar en la tarea del cambio de otra persona, sin tener la tentación de modelar dicho cambio según la imagen de sí mismo. Esta tendencia es, evidentemente, muy fuerte. En efecto, cualquiera que goce de un cierto grado de satisfacción y de éxito tiene tendencia a pasar su receta al que está desprovisto de todo ello. Esto se da, sobre todo, cuando se le consulta expresamente en cuanto a la manera de realizar esos valores.

La intención básica de ese deseo de transmitir los métodos que han resultado eficaces en relación con uno mismo es, probablemente, digna de alabanza. Esta es la fórmula de ayuda a la que se recurre, de modo natural, cuando se trata de realizar cualquier otro bien, es decir, cualquier bien objetivo. Pues incluso las personas de formación psicológica que deberían estar penetradas, y no simplemente informadas, de la subjetividad de la experiencia, actúan muchas veces como si felicidad, paz interior, satisfacción personal, fueran fenómenos objetivos que pudieran realizarse según fórmulas determinadas.

En términos más positivos, esta primera cualidad puede describirse como la capacidad y la voluntad auténtica de servir no de guía, de juez o de modelo sino simplemente de resonador y de amplificador de los esfuerzos que el cliente hace por cambiar. Es también la capacidad de prestarse, como persona, a las necesidades del individuo con conflictos, comprometido en la búsqueda de sí mismo.

En cuanto a la segunda cualidad, es más específicamente afectiva aunque también esté penetrada de razón y presuponga un compromiso de la personalidad entera. Es la capacidad para portarse de modo “aséptico” en el establecimiento y mantenimiento de lazos afectivos estrechos pero subordinados a un fin que los supera. De un modo más preciso es la capacidad de experimentar y de comunicar sentimientos auténticamente calurosos, sin que éstos se transformen subrepticiamente en una trampa para una de las dos personas en juego o para las dos.

Tal capacidad presupone, según parece, que las necesidades fundamentales del terapeuta estén organizadas alrededor de ciertas fuentes de satisfacción que den un sentido y un valor a su existencia, incluyendo su trabajo profesional. Que la naturaleza de estas fuentes, sea concreta o abstracta, ordinaria o extraordinaria, importa poco. Lo que importa es que las necesidades que él siente como fundamentales, tengan salidas adecuadas. (Notemos que se trata de necesidades subjetivamente fundamentales, no necesariamente de las que son catalogadas cómo fundamentales, excepto, evidentemente, las que aseguran la supervivencia.) Cuando se satisfacen estas necesidades ejercen un efecto regulador sobre la economía psíquica, de tal modo que las satisfacciones y las molestias de la vida cotidiana tienden a ordenarse favorablemente en la estructura total.

El terapeuta así anclado encontrará que la creación y el mantenimiento de una relación sana se da generalmente sin esfuerzo excesivo, aunque exigen siempre un esfuerzo real y, a veces, considerable. Por su estructura misma, la situación terapéutica está llena de dificultades. Pone en presencia a dos personas de las cuales una está privada, en una medida a veces extrema, de satisfacción emocional, manifestando en cambio la otra un calor y una comprensión que la primera apenas ha encontrado nunca. La actitud incondicionalmente acogedora de una agudiza pues el hambre afectiva de la otra. En tales condiciones, una polarización aguda de los sentimientos se opera casi inevitablemente. Esto es un encadenamiento completamente natural y que no exige ninguna explicación compilcada por medio de factores psicogenéticos lejanos como la que da el psicoanálisis. (En algunos casos, tales explicaciones pueden, evidentemente, ser perfectamente válidas y tener una utilidad muy real para las necesidades teóricas.) Por parte del terapeuta, se puede establecer también una polarización similar. La naturaleza de los sentimientos en cuestión no es, evidentemente, la misma que la de los del cliente, puesto que el terapeuta, como acabamos de presuponer, no se encuentra en un estado de frustración aguda.

Desgraciadamente, en el terreno de los sentimientos como en cualquier otro plano, la actitud de abandono por una de las partes incita a la toma de posesión por la otra. Fácilmente, el cliente llega a no ver su salvación más que en la persona del terapeuta y tiende a ponerse en sus manos sin reserva, ofreciéndole, no solamente el contenido más profundo de su pensamiento, sino también el abandono más crucial de sus prerrogativas de juicio. Se puede decir sin exageración que, en ciertos casos, el cliente implora prácticamente al terapeuta que tome en sus manos su personalidad y su destino y que les dé forma a su gusto. Ahora bien, todo hombre, excepto el que ha llegado a un alto grado de madurez y de integridad, será sensible a este homenaje verdaderamente supremo y se dejará mecer por la ilusión de que está en condiciones de aceptar tal “mandato”. Reconozcamos que, salvo en casos excepcionaimente raros, esta “gerencia” del pensamiento y de la voluntad del cliente se hace sin cálculo por parte del profesional. No hay duda de que, al aceptar este homenaje, el terapeuta medio está animado de intenciones fundamentalmente generosas. Sin embargo, el simple hecho de aceptarlo, es prueba de falta de madurez emocional y competencia profesional. La “generosidad” que no va acompañada de madurez es muy poco susceptible de engendrar resultados satisfactorios. Esto al menos, cuando se ejerce en campos tan extremadamente delicados y complejos como el de los sentimientos.

Cuando se considera el papel del terapeuta a partir de puntos de vista cruciales como éstos, se da uno cuenta hasta qué punto la técnica está subordinada a las actitudes y la formación a la personalidad. Pues los escollos afectivos son diferentes en cada caso. Es decir que el entrenamiento más completo no podría equipar al terapeuta de las técnicas necesarias para actuar de un modo a la vez fecundo y “aséptico”. Lo más importante, en el equipo terapéutico no es su ciencia ni su modo de aplicarla. Es su integridad personal.

Además de la estabilidad que resulta de la satisfacción de las necesidades fundamentales, la madurez emocional supone la seguridad interna. (Damos por sentado que la segundad externa, económica, del terapeuta está asegurada. Si no lo estuviera, representaría una fuente de escollos serios.) La seguridad interna permite al terapeuta ver las vicisitudes del proceso en su perspectiva propia y guardar ecuanimidad ante las oscilaciones inevitables de las actitudes del cliente. Así equipado, no se dejará desviar ni intranquilizar por el desarrollo inesperado y angustioso que no es raro en este tipo de trabajo. Sucede, en efecto, que el proceso resulte tan difícil para el terapeuta como para el cliente, aunque, evidentemente, de un modo diferente. El camino que conduce al cambio de una persona con conflictos, es sinuoso y difícil y el que lo comparte está expuesto a una extensa gama de pruebas emocionales. El cliente puede manifestar una conducta que parezca presagiar un derrumbamiento; puede amenazar con el abandono de los elementos vitales de su existencia, su familia, su situación, sus estudios; puede hacer alusión al suicidio, a la violencia, o dirigir su hostilidad hacia el terapeuta.

El terapeuta debe, igualmente, poder afrontar los periodos estériles, cuando su acción no tiene efectos visibles, cuando el cliente pasa y repasa sobre los mismos temas, aparentemente insignificantes, se obstina en guardar una actitud dependiente o impide el desarrollo normal del proceso. Por otra parte, el terapeuta debe ser capaz de conservar el equilibrio ante la adulación de que es, a veces, objeto. Sin un grado elevado de seguridad interior, el profesional no es capaz de afrontar tal variedad de situaciones cargadas de emoción, al mismo tiempo que mantener su eficacia terapéutica y su bienestar personal.

Todo esto presupone que el terapeuta haya escogido su profesión y la ejerza porque la encuentra útil, eminentemente digna de esfuerzo y en armonía con una concepción elevada del hombre y de las relaciones humanas. Si se agarra a esta profesión porque le da ocasión de parecer importante, fuerte, sabio y, en una palabra, superior, es poco probable que pueda actuar con la “asepsia” que ésta exige.

Sin embargo, esto no quiere decir que sea necesario o deseable que el terapeuta sea indiferente a los sentimientos positivos que el cliente tiene hacia él. Pero para que pueda calificarse de emocionalmente maduro, es preciso que la satisfacción que experimenta al sentirse importante en la economía presente del cliente, esté subordinada al deseo de perder esta importancia a medida que el cliente descubre la satisfacción de ser y de sentirse autónomo. Pues si el proceso es fecundo, el cliente llega a considerar los lazos que le unen al terapeuta como significativos, probablemente, pero claramente secundarios.

VI. Comprensión de sí mismo

Se ha convertido en un tópico decir que las personas ven el mundo a través del prisma de su personalidad. Esta afirmación vale igualmente para los terapeutas. Estos caen fácilmente en el error de creer que un diploma en psicología —o ciencia conexa— confiere automáticamente a su dueño una comprensión profunda de sí mismo. Los que han adquirido un mejor conocimiento de sí mismos, por vía terapéutica u otra, es interesante que echen la vista atrás y comprueben lo pobre que era la comprensión que tenían antes de sí mismos, a pesar de su impresión de conocerse bien.

Si es verdad que “el utensilio principal del terapeuta es su personalidad” (117), es lógico que el conocimiento de este utensilio, por parte del que lo utiliza, sea de importancia primordial. ¿Qué se podría esperar de un artesano que no conociera las posibilidades y los peligros de los instrumentos que emplea? Esta pregunta toma sus verdaderas proporciones cuando se considera que el utensilio del que hablamos se utiliza sobre un material humano: la experiencia del cliente, y, en potencia, su porvenir y su destino. Este tipo de material —de experiencia individual— es una fuente de problemas no sólo porque es infinitamente complejo, sino porque es ambiguo y, necesariamente, incompleto. La experiencia cotidiana enseña —y la psicología experimental lo confirma abundantemente— que la percepción de todo material de carácter complejo, ambiguo e incompleto, se hace ampliamente en función de la personalidad del que lo percibe. Este es por otra parte el principio mismo de los test proyectivos. Un material dado —manchas de tinta, esbozos de dibujo, imágenes casi sin forma— se presentan al sujeto, pidiéndole que él lo organice de un modo adecuado. Al hacer esto, el sujeto proyecta en este material plástico ciertas tendencias características de su organización interna. En otras palabras, sus respuestas llevan el sello de su personalidad.

Por su naturaleza misma, las comunicaciones del cliente conducen a ciertos errores de percepción. Si el terapeuta ignora las tendencias sistemáticas —fuente de errores sistemáticos— de su percepción, es incapaz de efectuar las correcciones necesarias. Dicho de otro modo, si no tiene conciencia de las actitudes y de las necesidades dominantes que determinan sus inclinaciones y aversiones, sus prejuicios, sus temores y sus deseos, es incapaz de hacerse una representación realista de las cosas que le cuenta el cliente. En la penumbra psicológica en la que opera, cometerá muchos errores a expensas del cliente.

Una comprensión profunda de sí mismo, evidentemente, no es tan imperativa para el terapeuta empático rogeriano como para el que asume las funciones de valoración, exploración e interpretación y, de ahí, la dirección del cliente. Por el hecho de que el rogeriano se esfuerza por actuar exclusivamente en el marco de referencia del cliente, los riesgos de error son, evidentemente, considerablemente menores que si actuara a partir de su propio marco de referencia. Dicho de otro modo, los riesgos de error son más elevados si el proceso se apoya sobre todo en factores como las percepciones y las teorías del profesional. De igual modo, son menores si el proceso se basa en la experiencia viva e inmediata del interesado.

A pesar de que un enfoque empático reduce considerablemente los peligros de “contagio” interpersonal, la comprensión de sí mismo, sigue siendo un atributo importante del terapeuta. En efecto, la adhesión intelectual, incluso más entusiasta, a los principios de un método dado, no garantiza la puesta en práctica de tales principios cuando el individuo se encuentra ante la realidad concreta. Como acabamos de ver, la adopción del marco de referencia de otra persona no es una cuestión de convicción o de determinación. No es el resultado de una competición; es el resultado de un proceso de crecimiento sociopsicológlco, como el tipo de terapia que se esfuerza por servir. En fin, nos podemos preguntar si la puesta en práctica integral y constante de principios de interacción humana tan nuevos —al menos en su aplicación si no en su inspiración— está al alcance de muchos. Por mi parte, yo creo que es dar pruebas de una excesiva seguridad o de ingenuidad considerarse un representante puro del enfoque rogeriano. No cabe duda que para muchos de sus adeptos, esta fórmula de interacción es más un ideal que algo adquirido. De todos modos, es muy probable que la búsqueda sincera de tal ideal baste para producir efectos muy apreciables.

¿Cuál es el tipo de conocimiento de sí mismo que debe tener el buen terapeuta?

La respuesta teórica que se da al terapeuta rogeriano está descrita en el epílogo de esta obra: el funcionamiento óptimo de la personalidad. Anticipando un poco su contenido, diremos que no se trata en absoluto de una imagen intelectual del yo, sino más bien de algo vital o existencial. Es un conocimiento del yo tal como actúa en cada momento en la situación inmediata. Según las palabras de Rogers: Es una apertura constante a la experiencia.

Esta comprensión de sí mismo está, pues, en el polo opuesto del conocimiento genético-histórico que resulta del examen del yo, en función de ciertas teorías psicológicas. Tal aventura intelectual puede tener sus méritos. Pero para las necesidades de la acción interpersonal concreta e inmediata, su valor parece dudoso. La comprensión que resulta de un examen retrospectivo de esta clase es demasiado hipotética, demasiado teórica, demasiado llena de palabras y nociones “sabias” para tener utilidad práctica en la discusión de las situaciones humanas muy humildes casi siempre, de que se compone el relato del cliente. En vez de facilitar la inmersión en el mundo subjetivo del otro, tal conocimiento tiende a poner una pantalla intelectual entre la experiencia inmediata y la aprehensión de ésta. Ahora bien, el entrenamiento para llegar a una aprehensión correcta de la experiencia inmediata es precisamente la operación crucial de la psicoterapia.

Notas:

  • Título original: “El terapeuta”. Extracto de “Psicoterapia y relaciones humanas”, de Carl Rogers y Marian Kignet; tomo I, Capítulo V; Ed. Alfaguara.
  • 1 Esta afirmación no debe ser interpretada como significando que el trabajo de los rogerianos es científico en el sentido de “seguro”, o “preciso”, o “de eficacia garantizada”. Se refiere simplemente al hecho de que tas proposiciones teóricas que sostienen la práctica de esta terapia son constantemente comprobadas y modificadas por trabajos experimentales.
  • Foto de ibm4381, vía Flickr

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  1. Muy, muy interesante sus excelentes artículos
    Me gustaría ir a terapia , pero he tenido tan malas experiencias, que no sé si intentarlo una vez más,
    Cómo puedo escoger?

    1. Hola Rina,
      La mejor manera es tener una primera sesión y ver cómo te sientes con el/la terapeuta que elijas. Si desde tu sentir, desde tu intuición, el/la terapeuta no te convencen, simplemente ve con alguien más.
      Si por el contrario te parece alguien de confianza, comprométete a trabajar en los temas que desees.
      Toma en cuenta que hay temas emocionales que te van a confrontar y eso es parte de una buena terapia. Saludos!

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