Cómo identificar tus creencias limitantes para cambiarlas

Cómo identificar tus creencias limitantes para cambiarlas

Un elefante se limitaba sobre la tela de una araña…

En sus buenas épocas, el circo era algo impactante. Había una cierta magia que lo envolvía y un misticismo. Por supuesto, esto fue mucho antes de que la tecnología nos acercara más a los animales en otros contextos mucho menos crueles y compasivos.

Antes el circo era la única manera de poder ver en vivo a una bestia que solo contemplábamos en libros o en la imaginación. En el circo tu mente trataba de entender la magnitud de un león que hacía trucos a menos de 10 metros de distancia de ti.

Lo que más me impactó en lo personal de este espectáculo fueron los elefantes. Me preguntaba cómo hacían para que estos monstruos de dos metros y cachito de altura lograran hacer toda la sarta de suertes que les veía realizar con un látigo como castigo, considerando lo poco que un látigo podría realmente herirles.

Aún más impresionante era ver como el elefante con una pequeña cuerda amarrada a su pie y una estaca no mayor a las que se usan para armar una tienda de campaña pequeña, lograban contener la inmensidad de este animal.

Recientemente me enteré que los elefantes son condicionados para esta conducta, es decir, cuando son pequeños los amarran con cadenas muy gruesas y estacas profundamente arraigadas al suelo para que luchen contra estas cadenas hasta que eventualmente se cansen y se rindan. En algún punto de este proceso el elefante terminaba por entender que nunca se podría soltar de sus amarres y así seguiría el resto de su vida.

¿Dónde empiezan las creencias limitantes?

Es curioso poner esta imagen en nuestro contexto humano y hacer un comparativo de nuestro propio condicionamiento. Existen personas, desafortunadamente una gran mayoría, que se sumergen en una imagen auto inventada de sí mismas que no les permite salir de un círculo vicioso de relaciones emocionales, hasta cierto punto dañinas.

Mujeres fuertes, inteligentes, buenas, independientes y sagaces que viven una historia que ni los mismos escritores de “La Rosa de Guadalupe” se hubieran imaginado.

Todos tenemos algo similar, yo por ejemplo tuve de pequeño las sentencias que mi madre se pasaba diciéndome con respecto a mi peso, ya que por 26 años de mi vida parecía “zopilote mal nutrido”.

Y sus vastas e ingeniosas las sentencias sobre mi peso eran: “nadie te va a querer si estas tan flaco”, “a las mujeres no les gustan los hombres ñangos” y el genial: “y así como vas a cargar a tu esposa cuando entres por el umbral de la puerta de tu cuarto en la luna de miel”.

Pobre de mi madre que nunca supo que no he cargado cosas pesadas desde el 2005. El punto es que nos venden ideas desde pequeños que terminan por dañar nuestra percepción personal.

Anthony Robbins, el “life coach” por excelencia en el mundo, menciona que estas historias que nos contamos a nosotros mismos se denominan “creencias limitantes”.

Estas son historias que, ya sea porque nos las inculcaron o las aprendimos en el camino, nos dejan un guión de por qué no podemos lograr tal o cual cosa y se vuelven una historia tan arraigada a nuestra psique que se convierte en la pequeña cuerda alrededor de la enorme pata del elefante que somos y no la tratamos de arrancar porque en algún punto decidimos ya no volver a intentarlo.

Y todo esto se vuelve una profecía auto cumplida, pues tendemos a no tomar mucha acción para cambiar el resultado de estas creencias y cuando el resultado de no cambiar logra que se repita la historia, nuestra mente únicamente nos refuerza que dicha historia es cierta.

Creencias limitantes en la vida real…

Pongamos de ejemplo a una amiga mía. Tengo una amiga rubia. Ojos azul profundo, piel blanca y rasgos semi caucásicos. Una chulada la mujer, sin embargo, tiene una historia limitante.

Siendo la única hija de tez blanca de una larga lista de antepasados y primos de piel morena, ella tenía la certeza de que los hombres las preferían morenas. Era a tal grado su arraigo a esta historia que tenía su frase de marketing: “Es que no tengo novio porque los hombres quieren a una latina no a una blanca.” Una especie de complejo del patito feo en la era milennial-adora-latinos”.

Pues bien, esta amiga mía constantemente se sentía atraída por hombres que expresamente mostraban su interés sexual más orientado a las pieles más morenas. Con el paso del tiempo inclusive ella comenzó a volverse la “amante” de hombres comprometidos con mujeres latinas morenas. Al paso de algunas de esas relaciones ella terminaba siendo rechazada o excluida de triángulos amorosos al punto de solo tener relaciones con personas de antecedentes que reafirmaran su creencia.

Sin importar la evidencia que se le mostrara de que las mujeres blancas son tan atractivas como las morenas, ella continuaba apegándose al guión de la historia y creó esta imagen negativa de sí misma persiguiendo hombres morenos solo por probarse a sí misma que ella era capaz de sobrellevar su “desventaja”.

De igual forma que la historia del patito feo, el entorno en el que se desarrolló ella de pequeña le permitió crearse estos mitos sobre sí misma. Pero, después la historia obtuvo un giro interesante y mi amiga tuvo la fortuna de ser transferida por trabajo a una isla del Caribe donde las mujeres rubias tienden a ser más llamativas que en cualquier otro lado.

Una vez alejada de un entorno que la hacía sentirse menospreciada y hasta cierto punto inferior, ella comenzó (además de terapia, claro está) a ver el atractivo que hay en ella.

Lo curioso de este caso es que no necesariamente cambio su físico, ni su manera de ser, simplemente dejó ir la historia que se había estado contando a sí misma para amarrarse la pata a una estaca.

Creo que todos tenemos una historia que nos clava al suelo. No necesariamente el suelo es un lugar malo para estar si uno es feliz. Pero si no somos felices en la mayor parte de la vida que estamos viviendo, tenemos que preguntarnos si hay alguna historia que nos hemos estado contando que nos justifica el no poder hacer lo que verdaderamente nos hace felices. Tal vez esa cuerda que nos restringe puede ser usada de columpio para llegar a lo que verdaderamente queremos.

Puede ser tan simple como decir: “Es que llego tarde porque no me da tiempo de hacer todo lo que tengo que realizar en la mañana”, “al vendedor #1 de la oficina le dan a los mejores clientes”, “los hombres son todos iguales y solo quieren una cosa”, “el amor no existe, es solo invento de la publicidad”, hasta el temido “ya la va a dejar, solo esta con ella por sus hijos”.

Hay una sarta de historias que nos contamos para no dar un paso adelante, para justificarnos el no intentar por el miedo al fracaso, para quedarnos en el statu quo que tenemos, para demostrar que no podemos hacer algo o simplemente para dejar que los demás nos victimicen y decirnos a nosotros mismos que “alguien más nos impide ser felices”.

La realidad es que podemos identificar nuestras historias limitantes y generar nuevas que hablen de lo que sí podemos hacer, de las cosas que sí nos hacen felices y de lo que la vida tiene un poquito más adelante si le echamos ganas, en decir crear relatos positivos respecto a que queremos y por qué lo queremos.

Y para muestra está un elefante que se columpiaba sobre la tela de una araña. Si eso no es romper las limitaciones de uno, no sé qué más lo puede ser, ¿o no?

3 Comments

  1. Hola, existe la posibilidad de la inexistencia de creencias, la vida, de por sí, como cada instante, interpretada como es sin lentes, también lo llevaría a la falta de logros por ausencia de objetivos?

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