5. El desarrollo de la personalidad (2a parte)

El mecanismo de la subcepción

Para explicar cómo se produce la represión acude Rogers a este mecanismo propugnado por McCleary y Lazarus (389). Las experiencias contrarias al «concepto del sí mismo» pueden ser rechazadas antes de llegar a la conciencia, porque la persona las percibe a nivel inconsciente, o, mejor, las «subcibe». Veamos cómo describe Rogers esta hipótesis:

«Cuando estudiábamos nuestro material clínico y nuestros casos grabados, algunos de nosotros —incluyendo al autor— comenzamos a desarrollar la teoría de que de algún modo se podía reconocer una experiencia amenazadora, e impedir que ingresara en la conciencia, sin que la persona haya sido nunca consciente de ella, ni aún momentáneamente. A otros miembros del grupo les pareció una explicación sumamente irracional, puesto que implicaba un proceso de «saber sin saber» o de percibir sin percibir».

«En este punto comenzaron a producirse una cantidad de trabajos de laboratorio muy esclarecedores. A partir de los trabajos de Bruner y Postman sobre los factores personales que influyen en la percepción, se produjeron ciertos hallazgos que se referían directamente al problema que hemos planteado. Comenzó a hacerse evidente que, aun en la presentación taquitoscópica de una palabra, el sujeto «sabe», o «prepercibe», o responde al valor positivo o negativo de la palabra antes de reconocer conscientemente el estímulo… Con una cantidad de datos cada vez mayor, parece que es lícito concluir lo siguiente: el individuo parece capaz de discriminar entre los estímulos amenazadores y no amenazadores, y reaccionar de acuerdo con ello, aun cuando sea incapaz de reconocer conscientemente el estímulo ante el cual está reaccionando. McCleary y Lazarus, cuyo estudio es en gran medida el más cuidadosamente controlado de todos los estudios hasta la fecha realizados, acuñaron el término «subcepción» para describir este proceso» (54, pág. 429).

Según dichos autores, se da una respuesta fisiológica del organismo al estimulo, la cual evalúa y discrimina la experiencia, y es previa a la percepción consciente. Gracias a esta capacidad discriminativa, la persona puede discriminar la experiencia a un nivel previo al de la conciencia, y este mecanismo, explica, por otra parte, el sentimiento de angustia frente a la amenaza, percibida de modo inconsciente por el organismo.

El estado de incongruencia

Una de las consecuencias de este fenómeno de la represión y distorsión de ciertas experiencias es el estado de incongruencia de la persona. «De este modo, desde el momento en que se produce la primera percepción selectiva en términos de las condiciones de valor, puede decirse que existe el estado de incongruencia entre el «sí mismo» y la experiencia, de desajuste psicológico y de vulnerabilidad», (92 pág. 226). Este estado es producto de la discrepancia entre el «concepto del sí mismo» y del organismo. «La persona no puede ya vivir como un todo unificado. …Ciertas experiencias tienden a amenazar al «sí mismo». Para mantener su estructura son necesarias ciertas reacciones defensivas. La conducta es regulada unas veces por el «sí mismo», y otras veces por aquellos aspectos de la experiencia del organismo que no son incluidos en el «sí mismo». La personalidad resultante está dividida, con las tensiones y el funcionamiento inadecuado que acompañan a esta falta de unidad» (92, pág. 226).

Esta es la alienación fundamental de la persona desde el momento en que, por ganarse el favor de sus padres, comienza a falsificar ciertos valores de su experiencia y a percibirlos únicamente conforme a criterios ajenos. Desde ese momento, el «concepto del sí mismo» consciente entra en conflicto con el organismo, y la tendencia actualizante del organismo no puede operar con libertad. Se ve aplastada, por así decirlo, por la tendencia a preservar y mantener el «concepto del sí mismo». Ahora bien, ¿por qué se produce esta alienación? ¿Es algo natural en el curso del desarrollo humano?

En 1959 Rogers atribuye esta disociación a un proceso natural. No ha sido una elección consciente, sino una evolución natural —aunque trágica— desde la infancia. En 1963, en cambio, se corrige y afirma que se trata de una canalización perversa de la tendencia actualizante. Veamos ésto con un poco más de detalle.

Se recordará que cuando hablamos de la tendencia actualizante del organismo vimos cómo Rogers mencionaba otra tendencia a la actualización del «sí mismo» que se desarrollaba a raíz del nacimiento del mismo. Según esta concepción, la tendencia actualizante promueve el desarrollo del organismo por un lado, pero por otro tiende también a actualizar el «concepto del sí mismo». «De este modo, tenemos a la tendencia actualizante dividida en dos sistemas cuyas direcciones son antagónicas, al menos parcialmente» (122, pág. 16).

En 1963 Rogers se muestra disconforme con esta explicación. «No estoy seguro —dice— de que esta concepción comprenda los hechos del modo más eficaz para promover la investigación. No veo ninguna solución clara al problema, pero creo que quizá considero el problema en un contexto más amplio» (122, pág. 16). La solución la encuentra acudiendo al medio ambiente, y cargando las culpas sobre él, con mucha más fuerza que antes. La tensión, la disociación, el conflicto, no es debida a la naturaleza humana, sino al ambiente. Pero veamos cómo lo explica. En el comienzo de la disociación se halla el amor condicional de los padres, el cual es el causante de la introyección de sus valores y de la disociación entre el organismo y la conciencia. Esto no constituye nada nuevo. La novedad está en que ahora no es considerado como una cosa natural.

«Gradualmente he llegado a ver esta disociación, grieta, alienación, como algo aprendido, una canalización perversa de una parte de la tendencia actualizante en conductas que no actualizan. Sería algo similar a la situación en la que los impulsos sexuales se canalizan de modo perverso, mediante el aprendizaje, en conductas totalmente distintas de las metas fisiológicas y evolutivas de estos impulsos. A este respecto, mi pensamiento ha cambiado durante la década pasada. Hace diez años, traté de explicar la grieta entre el «sí mismo» y la experiencia, entre las metas conscientes y las direcciones organísmicas, como algo natural y necesario, aunque infortunado. Ahora creo que los individuos son condicionados, recompensados y gratificados culturalmente hacia conductas que de hecho son perversiones de las direcciones naturales de la tendencia actualizante unitaria» (122, págs. 1920).

Según esta concepción, la tendencia actualizante no se subdivide en dos sistemas naturalmente opuestos. La división es una perversión de la misma, y es producto de la cultura, y no es en absoluto consecuencia natural de la evolución del hombre.

Posteriormente tendremos ocasión de ver la concepción filosófica escondida bajo esta explicación de la trágica situación del hombre.

El caso es que, desde un punto de vista psicológico, en el hombre se dan dos sistemas contrapuestos: el organismo y la conciencia, la experiencia y la percepción distorsionada de la misma, los valores propios y los valores extrínsecos. Esta disociación, merced a la cual la persona se ha separado de la dirección del organismo, y ha perdido su confianza en él, es la que explica la situación real de la persona inadaptada.

El desarrollo de discrepancias en la conduela

Dejábamos anteriormente a la persona dividida en sus percepciones y en sus valores. Veíamos cómo su «Concepto de sí mismo» filtraba la percepción de sus experiencias e incluía muchos valores ajenos a su experiencia. Ahora vamos a considerar su conducta, para comprender, desde otro punto de vista, el funcionamiento del «sí mismo» dentro del psiquismo humano. Su función, además de seleccionar la percepción, es la de regular la conducta, substituyendo al proceso evaluador organísmico de la primera etapa.

En 1959, la teoría de la personalidad propone a continuación de la incongruencia y en parte como consecuencia de la misma, las incongruencias surgidas en la conducta.

Hay conductas que son consistentes como el «concepto del sí mismo, y lo sustentan y desarrollan. Estas conductas son simbolizadas adecuadamente en la conciencia. Pero existen otras conductas que mantienen y desarrollan aspectos de la experiencia no integrados en el «concepto del sí mismo». Tales conductas tampoco son reconocidas como parte de uno mismo, o son percibidas de modo selectivo y sólo en aquellos aspectos concordes con el «concepto del sí mismo». Por ejemplo, toda aquella conducta que no es controlada por el «concepto del sí mismo» (el sueño entre otras) no es considerada como parte de uno mismo. Asimismo aquellas conductas incompatibles con el «concepto del sí mismo», y encaminadas a satisfacer necesidades no admitidas en la conciencia, no son consideradas como propias. Esto se observa en los casos de conductas compulsivas, las cuales muchas veces no son admitidas como propias.

La regulación de la conducta

Este hecho nos lleva a considerar el problema de la regulación de la conducta en la persona adulta. En 1952 (62, pág. 68) Rogers afirma la influencia del «sí mismo» sobre la conducta:

«este esquema consciente del sí mismo tiene una influencia reguladora y rectora de la conducta». Con otras palabras, quien regula y dirige la conducta humana es este «concepto del sí mismo». El es el «referente que suministra el "feedback" por el que el organismo regule la conducta» (104, pág, 9).

Junto a la tendencia actualizante, que suministra la energía, aparece este sistema regulador de la misma, que informa al organismo de la adecuación o no adecuación de la conducta con las necesidades derivadas de la tendencia actualizante. Esta no opera ciegamente, sino que antes tiene que existir una percepción de los factores de elección. El organismo humano necesita conocer cuáles son las conductas gratificantes y cuáles las regresivas, y este conocimiento se lo brinda el «concepto consciente del sí mismo». En el caso de una clara adecuación entre el «concepto del sí mismo» y la experiencia, habrá una convergencia de criterios, y la persona optará por aquellas conductas totalmente actualizantes de su organismo y de su «concepto de sí mismo». La consciencia caminará sobre la experiencia y no habrá distorsiones. Pero en la mayoría de los mortales, en los que el «concepto del sí mismo» es una estructura rígida impuesta a la experiencia, y no se adecúa a la misma, entonces la persona optará por aquellas conductas congruentes con su yo consciente pero contrarias a su actualización.

De este modo, la conducta humana se rige por el principio de la «autoconsistencia» anteriormente mencionado de Lecky. Las conductas compatibles con el «concepto del sí mismo» constituyen la mayor parte de las conductas aceptadas por la conciencia. «Los únicos canales por los cuales se pueden satisfacer las necesidades son aquellos coherentes con el "concepto del sí mismo"» (54, pág. 430). Las incompatibles con el mismo, como vimos anteriormente, o son rechazadas, o son canalizadas por otras vías acordes con dicho concepto.

Conductas patológicas

Supuesta esta discrepancia fundamental entre el organismo y el «sí mismo», la explicación de las conductas patológicas resulta relativamente fácil. Rogers distingue en 1959 dos tipos fundamentales de conductas derivadas de esta incongruencia: las defensivas y las desorganizadas. Las primeras responden a las que ordinariamente son consideradas como neuróticas, aunque incluyen también algunas psicóticas, como ciertas conductas paranoides y estados catatónicos. La categoría de conductas desorganizadas comprende muchas conductas psicóticas «irracionales» y «agudas». Veamos cómo se explica su génesis y desarrollo.

  1. Conductas defensivas.— La persona incongruente experimenta la amenaza cuando mediante la subcepción discrimina experiencias incompatibles con su «sí mismo».
    La naturaleza esencial de la amenaza consiste en que ataca a la misma organización o «estructura del sí mismo». Si la experiencia amenazante fuese simbolizada exactamente en el «sí mismo», éste no sería ya una configuración consistente, sino que incluiría elementos contradictorios. La reacción afectiva frente a esta amenaza la constituye la angustia. La ansiedad, según Rogers, «puede ser la tensión que muestra el concepto organizado de sí mismo cuando estas subcepciones indican que la simbolización de ciertas experiencias sería destructiva para la organización» (54, págs. 429430).
    Frente a esta amenaza, además de angustiarse, el organismo reacciona con la defensa, o proceso defensivo. Como dice Rogers (54, pág. 16), «cualquier experiencia incompatible con la organización o estructura de la persona puede ser percibida como una amenaza, y cuanto más numerosas sean estas percepciones, más rígidamente se organizará la estructura de la persona para preservarse». Él proceso de defensa tiene como finalidad primordial mantener la «estructura del sí mismo». Consiste fundamentalmente en la represión estudiada anteriormente: «Este proceso consiste en la percepción selectiva o distorsión de la experiencia, y/o el rechazo fuera de la conciencia de la experiencia o de alguna porción de la misma, manteniendo de esta forma la percepción total de la experiencia consistente con la "estructura del sí mismo" del individuo, y con sus condiciones de valor» (92, pág. 227).
    Las conductas defensivas suscitadas como reacción frente a la amenaza contra la propia imagen de uno mismo son de naturaleza muy diversa. Por ejemplo, una de ellas puede ser la racionalización, que supone una percepción distorsionada de la conducta para hacerla congruente con nuestra propia imagen. La fantasía es otro tipo de reacción defensiva. En lugar de admitir la experiencia contradictoria con uno mismo, se crea un mundo nuevo simbólico que protege al "sí mismo". Otro ejemplo lo constituye la proyección. Pero todas estas conductas son básicamente resultado de los mecanismos represivos anteriormente mencionados. «Tales ejemplos podían multiplicarse, pero quizá lo que es más claro es que la incongruencia entre el «sí mismo» y la experiencia es manipulada por la distorsión de las percepciones de la experiencia, o por la negación en la conciencia de la experiencia (la conducta raramente se niega, aunque esto es posible), o por alguna combinación de distorsión y negación» (92, pág. 228).
    Las consecuencias generales de este proceso de defensa, además de la persistencia de la rigidez de la «estructura del sí mismo», son la rigidez perceptual, debida a la necesidad de distorsionar las percepciones, la falsa percepción de la realidad, debida a la distorsión y omisión de datos, y la falta de diferenciación en el campo perceptual.
  2. b) Conductas desorganizadas.— En algunos casos especiales, cuando la incongruencia entre el «sí mismo» y la experiencia es demasiado grande, el proceso de defensa puede resultar incapaz de sostener la organización del «sí mismo», especialmente en ocasiones en que se produce una viva experiencia de esta incongruencia, ya sea de modo repentino o con una extraordinaria claridad. Rogers no especifica con detalle estas ocasiones críticas en las cuales puede derrumbarse la «estructura del sí mismo». Habla en términos generales de «una experiencia significativa demostrativa de la incongruencia que, o bien aparece repentinamente o con un grado muy alto de claridad» (92, pág. 229), y después aduce dos ejemplos, uno tomado de la terapia, cuando el individuo rompe los moldes rígidos del «concepto del sí mismo», y otro tomado de la experiencia de un brote psicótico.
    La descripción de este tipo de conductas resulta algo más concreta. «En semejante estado de desorganización, el organismo se comporta a veces de manera totalmente consistente con las experiencias hasta entonces distorsionadas o rechazadas de la conciencia, y a veces de modo consistente con el «concepto del sí mismo», cuando éste vuelve a tomar las riendas. De modo que, en este estado de desorganización, la tensión entre el «concepto del sí mismo» (con la inclusión de sus percepciones distorsionadas) y las experiencias no simbolizadas exactamente y excluidas de él, se manifiesta mediante un dominio confuso, en el cual el «feedback» regulador de la conducta del organismo es proporcionado primero por uno y después por el otro» (92, pág. 229).
    La conducta resultante de este proceso de desorganización se caracteriza por sus cambios bruscos y carentes de sentido. Unas veces será dominada por las experiencias orgánicas inconscientes, y la persona carecerá totalmente de control, y otras veces el «sí mismo» podrá ejercitar sus funciones reguladoras, aunque por poco tiempo. Pero en tal caso, será un «concepto de sí mismo» muy distinto, y poco digno de confianza, dada su incapacidad manifiesta en controlar ciertas fuerzas.

Esta es la teoría rogeriana de la psicosis, la cual es muy incompleta, hipotética, y, como reconoce el mismo Rogers, «nueva, provisional y necesita verificarse» (92, pág. 229).

La inadaptación psicológica

La teoría rogeriana de la inadaptación psicológica recoge todo lo anteriormente expuesto acerca de la disociación entre el seif y la experiencia, con el consiguiente desarrollo de la angustia, amenaza y conductas defensivas, y la posible desorganización de la conducta y de la personalidad. El núcleo de la misma reside en el rechazo de ciertas experiencias incompatibles con el «concepto del sí mismo», y en la tensión que se sigue de este hecho(5). Los sentimientos de inadecuación son producto de la concienciación de esta tensión procedente de la disociación o discrepancia entre el self y la experiencia organísmica, y suelen ser tan penosos que obligan al cliente a acudir al terapeuta.

La inadaptación psicológica supone, por tanto, el final del largo camino de separación del organismo iniciado en la infancia, y sitúa al individuo frente a una situación óptima para la psicoterapia.

No querríamos terminar estas líneas relativas a la enfermedad mental sin hacer algunas consideraciones acerca de lo que pudiéramos llamar psicopatología rogeriana. Como podrá apreciarse, ésta es muy sencilla, y no parece haber sido muy elaborada por Rogers. Todo se reduce a la discrepancia entre el self y el organismo, y no se encuentran alusiones a los distintos mecanismos psicológicos que producen los diversos síndromes psiquiátricos. Aquí, como en otras muchas ocasiones, Rogers peca de excesiva simplicidad y omite datos importantes. Pero la psicopatología no parece haberle interesado demasiado. Únicamente al final de su carrera se interesará por la esquizofrenia, y sostendrá la continuidad existente entre neurosis y psicosis, pero incluso entonces sus afirmaciones resultan vagas e imprecisas y no contienen ninguna aportación original. En esto también puede verse el influjo de los orígenes de su psicoterapia en la clínica infantil y en el «counseling» de estudiantes con leves trastornos de conducta.

La reorganización de la persona

La teoría rogeriana de la personalidad concluye con unas hipótesis relativas al proceso de reorganización de la persona y a los resultados del mismo, es decir, a la persona hipotética resultante de la restauración del contacto con sus experiencias.

El proceso terapéutico es concebido como un volver a restaurar el contacto de la persona con el organismo. Para ello habrá que subsanar los fallos ocurridos durante el desarrollo. Si la discrepancia o incongruencia entre self y experiencia fue debida en sus inicios a una condicionalidad y falta de plenitud en el amor de los padres al niño, la terapia centrada en el cliente tendrá que ofrecer unas condiciones de incondicionalidad en la aceptación y de totalidad en la comprensión. Si lo que mantiene rígido al «concepto del sí mismo» es el sentimiento de sentirse amenazado, la terapia centrada en el cliente ofrecerá una atmósfera totalmente libre de amenazas, y de este modo podrán hacerse añicos las defensas del cliente. En estas nuevas condiciones ideales, el cliente será capaz de explorar por sí solo su campo perceptual, y con la ayuda de la comprensión empática del terapeuta, comenzará a reconocer como propias muchas de sus experiencias anteriormente negadas. Así reorganizará nuevamente su self, y saldrá del estado de incongruencia e inadaptación. Volverá a vivir unido a su organismo, y la tendencia actualizante operará en él sin las trabas causadas por la introyección de los valores ajenos. En consecuencia, el proceso culminará en una persona unificada, integrada, armónica, congruente con todas sus experiencias, cuyas características principales comenzarán a ser consideradas por Rogers como modelo y meta hacia la cual tiende la terapia. La persona plena, o persona que funciona de modo óptimo comienza ahora a interesar a Rogers, y la incluirá en la teoría de la personalidad del año 1959 como término y meta de la terapia. Por corresponder esta teoría de la persona óptima a otra etapa del pensamiento rogeriano, dejamos su consideración para capítulos posteriores.

Indice:

Acerca de este documento:

Autor: José M. Gondra Rezóla. "La psicoterapia de Carl R. Rogers. Sus orígenes, evolución y relación con la psicología científica" Capítulo V. Ed. Desclie de Brouwer, 1981.

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