Carta a la muerte, de una víctima futura

La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene.
Jorge Luis Borges

Desestimada, señora muerte, esta es una carta para Usted:

Lamento importunarla con esta carta, me imagino que no tiene mucho tiempo para leer, con su ajetreada agenda de cada día; pero, ya no pude seguir posponiendo todo lo que tengo que preguntarle. Hoy amanecí pensando en usted, aunque debo confesar que no ha sido sólo hoy, tengo varios días con su nombre en mi mente. Han sido años los que llevo angustiada por lo que representa en mi vida y en la de los que amo.

Sé que no soy la única a la que atormenta, la verdad es que todos en algún momento nos cuestionamos sobre su persona, su origen y su propósito. Todos hablamos sobre usted, es el tema de conversación en, por lo menos, una tertulia a la semana. Cada quien opina sobre cómo la enfrentaría, pero la verdad es que la cruda realidad supera todas las expectativas.

Por favor, dígame si usted está escrita en el destino de cada uno o si es, simplemente, cuestión de mala suerte o una mezcla de circunstancias por estar en el lugar incorrecto a la hora equivocada. Necesito que me conteste por qué rayos llega a nuestras vidas sin avisar, acabando con la felicidad que pudimos alcanzar hasta ese entonces.

¿Cómo es posible que no se tiente el corazón para llevarse con usted a nuestros seres queridos?, ¿acaso es una estúpida venganza?, ¿qué daño le hicieron? ¡Qué fácil le resulta robarnos nuestra gente amada! ¡Y lo peor es que no nos deja una explicación que nos permita entender mejor el aterrador suceso! Resulta que llega como una ladrona en la noche, se lleva a un ser querido o a nosotros mismos y se marcha triunfante a seguir matando vidas y destruyendo futuros en construcción.

¿De dónde salió? ¿Por qué existe? ¿Cómo le explica uno a un ser humano que ese ser que usted se llevó ya no volverá? Ya perdí la noción de lo que duele una pérdida, es que es un dolor que de repente se adormece y luego, cuando menos te lo esperas, reaparece con más fuerza que nunca. He visto tantas personas sufrir por haber perdido a alguien amado y nunca sabré qué decirle para aliviar su pena. ¿¡Por qué no se lo explica usted, si al final de cuentas es la única culpable?!

Usted es como una enemiga silente que nos acecha sin que lo notemos y cuando comenzamos a oler su presencia, ya resulta demasiado tarde para escapar de sus garras. La odiamos cuando nos lleva a nosotros, pero mucho más cuando se apodera de un ser amado, porque son los que se quedan los que tienen que enfrentar el sufrimiento avasallador de la ausencia.

Estoy consciente de que quizás nunca podrá contestarme mis inquietudes, por eso me pregunto si no será mejor aprovechar el tiempo viviendo y no pensando en morir. Sí, señora muerte, vivir amando, disfrutando segundo a segundo de esos seres que algún día ya no estarán. Vivir la vida que tenemos ahora, esa que nos tocó y a la que hay que abrazar como un bebé recién nacido. Cada mañana nacemos otra vez, recibimos el regalo de un despertar más… un despertar que usted tarde o temprano matará.

Señora muerte, le suplico que me diga si hay alguna forma de morir que sea menos dolorosa, si existe una manera de prepararnos para su llegada, sin que nos sorprenda totalmente indefensos y frágiles. Me pregunto si la respuesta es morir sin dejar deudas, pero no sólo económicas, me refiero a no quedar debiendo tiempo, sonrisas, palabras alentadoras, caricias, o tal vez algún perdón. Me temo que estas deudas arrugan el corazón y hace que partamos a otro mundo sin desprendernos de este, angustiados por saber que alguien se quedó esperando que saldáramos esa deuda de amor.

Dígame, señora muerte, cómo puedo partir, pero dejando alguna huella en los que amo, cómo hago para que en su mente queden solamente los recuerdos hermosos, no los gritos ni las palabras asesinas de sueños. ¿Será posible que recuerden lo mejor de mí y no mi amargura, mis caprichos, mis malditas quejas o mi habilidad para ser pesimista por encima de la esperanza? ¿Será posible dejarles grabados en el alma el sonido de mi risa, el color de mi voz y la luz de mi mirada?

Yo sé, señora muerte, que por más que ensayemos o que leamos sobre usted, NUNCA estaremos listos para recibirla, pero le imploro que haga el favor de ayudarme, de darme un poco de tiempo para que cuando llegue me encuentre con el alma tranquila, sin cuentas pendientes, con la satisfacción de haber vivido como quise, de haber dicho lo que quise y haber amado tanto como quise, sin reservas, sin dejar nada para después, porque quizás ese después JAMÁS llegará.

Admito que han sido muchas preguntas y muchos favores; pero, señora muerte, tengo un último pedido que hacerle. Si se lleva a alguien que amo, por favor, no me lo arranque del todo, llévese su cuerpo, pero déjeme su alma. Déjeme los recuerdos, déjeme grabado el eco de su risa en mi memoria, las palabras que algún día nos dijimos, el olor de su pelo mojado, la suavidad de sus manos y la sensación de su piel tibia. Señora muerte, me arrodillo ante usted para que no se lleve su mirada, la verdad escondida en sus ojos, esos ojos que tanto me miraron y cuyo brillo no podrá apagar ni siquiera usted.

Mejor me marcho, señora muerte, perdóneme una vez más por atormentarla con mis tonterías. Perdóneme, ladrona de la vida, porque reconozco que usted es la única que nos hace descubrir lo mucho que amamos a alguien. Lástima que ese descubrimiento llegue demasiado tarde…

Cordialmente se despide,
Una víctima futura.
Carta a la muerte de Jade Díaz.

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